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Viernes, 17 de marzo de 2006
No recuerdo con claridad cuándo empezaron las pesadillas. Sólo sé que fue unos meses antes de separarme de Martín, después de dos años de salir con él. Me despertaba en medio de la noche, con el frío todavía corriéndome por la espina dorsal y la vaga conciencia de que había estado aterrorizada hasta unos segundos atrás. Cuando me esforzaba por recordar el sueño sólo venían a mi mente algunas imágenes sueltas: un hombre de espaldas, sangre seca y sucia y mi antigua casa desolada en Villa Ballester. En ese momento lo atribuí a que mi relación con Martín andaba mal. Un día me enteré, a través de una amiga que los pescó caminando por la calle sin que ellos la vieran, de que me estaba metiendo los cuernos con una compañera del trabajo. Antes de dejarlo salí una noche con un profesor que me había venido tirando onda sin disimulo durante meses. No porque el tipo me interesara sino porque sentí la urgencia de hacerlo, era una manera de decirle: ya fue, no sos el único que lo puede hacer. Martín no supo que me había enterado de su infidelidad hasta que yo misma se lo dije en la cara. Él, por supuesto, lo negó. De cualquier manera nos separamos, la cosa no daba para más.
Mientras tanto, la tía de Romina quería vender el departamento así que nos tuvimos que mudar. Mis viejos ahora vivían en San Isidro, en una casa aún más grande que la de Ballester, y yo volví con ellos. Primero pensé que sería sólo durante unos meses, hasta que consiguiera algo para alquilar, pero los meses se fueron prolongando y cuando quise darme cuenta ya estaba instalada y sin ganas de moverme de ahí. Era mucho más cómodo y cuando buscaba independencia, de una manera u otra la encontraba. Me recuperé bastante pronto tras de la ruptura con Martín. Estaba como blindada y me decidí a hacer cosas, a no estancarme porque sabía que eso podía ser fatal. Entonces terminé la carrera, encontré trabajo como diseñadora en una empresa grande, empecé a ganar bien. Salía con frecuencia y tenía una agitada vida social, incluyendo algunas historias más o menos pasajeras con tipos cuyos nombres prefiero olvidar. Al final mis viejos me regalaron un departamento en Palermo. Yo me reía pensando que lo hicieron porque querían que me fuera y los dejara en paz. Me volví escéptica y lo aceptaba con resignación. En eso me diferenciaba de Romina, que se había casado y ya tenía su primer bebé. En el fondo estoy esperando que venga un hombre y me cambie todo, le dije una vez y ella me dirigió una mirada que no supe interpretar.
Poco después apareció Damián. Lo conocí en el lugar menos esperado, la fiesta de quince de una prima mía a la que había ido pura y exclusivamente porque no podía zafar. Era el hijo de unos amigos de mis tíos, tenía la misma edad que yo y repartía su tarjeta de abogado entre sus interlocutores eventuales. Al rato de que nos presentaron dijo que vivía en Ballester y que acababa de abrir su estudio ahí. Soy del fuero civil, aclaró. Divorcios, sucesiones y ese tipo de cosas. No tiene sentido ser penalista en Ballester, de ésos hay en Capital o a lo sumo en San Martín. Yo asentí como si me interesara lo que estaba diciendo, pero al cabo de unos minutos me di cuenta de que me interesaba de verdad. Para entonces había abandonado las grandes pretensiones. Me lo imaginé tratándome bien y sacándome a pasear. Se parecía un poco a mi papá, ésos tipos que llevan adelante una vida donde no ocurre nada importante excepto tener hijos y trabajo y una casa linda en donde estar. Tipos que progresan sin estridencias y por los carriles habituales. Serán un poco obsesivos con algunas cuestiones, pensé, pero no joden demasiado. Además yo no me sentiría en la obligación de modificar nada importante de mi vida para salir con él. Lo vi desnudo durante un segundo, como en un relampagueo fulminante, y en ese aspecto tampoco me pareció mal. Cuando terminó la noche me insinuó la posibilidad de volver a vernos y le di a entender que yo estaba de acuerdo. Parecía contento aunque se esforzaba por disimularlo, como si para él representara una gran cosa salir conmigo. En eso también me gustó.
Me invitó a cenar la semana siguiente al mejor restaurante de Ballester. La noche anterior había soñado que ese restaurante se incendiaba. Fue cortés y me dirigió dos o tres indirectas cuidadosamente calculadas, como si las hubiera estado pensando desde la otra vez que me vio. Después me llevó a casa y se despidió con un beso en la mejilla pero ahora ninguno de los dos esperaba que sucediera nada. Pasó el tiempo y al cabo de un par de salidas me besó en los labios. Unos días más tarde nos fuimos a la cama y estuvo bien. Me resultaba natural enamorarme de él. Al año y medio de estar juntos nos comprometimos. Yo dejé mi departamento de Palermo, que le alquilé a una pareja de amigos, y me instalé en su casa. Mi trabajo seguía adelante, no se estancó pero progresaba más despacio que el suyo, que iba cada vez mejor. Aprendí a cocinar, hicimos planes a largo plazo. Una noche soñé algo horrible y al día siguiente nos casamos por civil, después por iglesia y nos fuimos de luna de miel. No me dejes nunca, me susurró Damián en un hotel de Brasil. Sus palabras, pronunciadas entre el ruego y la amenaza, el anhelo y una intensa desesperación, me llegaron en el momento más imprevisto. Lo tenía adentro y arriba mío, con mis piernas enlazando sus caderas y sus labios adheridos a mi aliento. Nos cruzamos las miradas un segundo. Me esperaba. Parecía que su vida entera dependiera de mi contestación. En otras oportunidades me había dicho lo mismo. La diferencia era que esta vez iba en serio, tanto que yo misma me inquieté. Quise imaginarme cómo serían las cosas si no respondía lo esperado. Entonces cerré los ojos. Nunca, dije, y me deslicé en su oscuridad. Después de aquella vez no volvimos a mencionar el asunto. Una semana más tarde regresamos a casa. Al resto se lo pueden imaginar solos. En mi sueño —en todos mis sueños— estoy en una Ballester desierta donde las casas y las calles son fantasmas y no tengo adonde ir. Escucho pasos de alguien que se acerca, a veces una voz difusa y grave hablando de algo que no entiendo, en todos los casos una puerta abriéndose. El final no cambia nunca: me asomo y lo veo todo, tengo la desgracia y el horror de verlo todo, y empiezo a gritar.
Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (10) | Referencias (0)
Eugenia | 17-03-2006 11:25:42
mariano | 17-03-2006 11:46:08
Dragón: es un excelente relato, te felicito, no tengo más que decir porque me resulta sublime, y tan bien contado, como siempre.
Mariano: creo que en el caso del relato del dragón el horror no es un oasis, creo que el aburrimiento ES el que provoca el horror.
Luciana | 17-03-2006 13:06:03
Holaaaaaaaaa
Me imaginaba un final de otro color, una sapiencia calma viniendo de la sabiduria de los golpes. Dicen que hay que dejar de proyectar, quien sabe!
Igualmente grato el final, un vertigo en la boca del estomago y un sabor a gota de sangre en piel ajena.
Aplaudo casi conteniendome. Muy bueno!!!
Magdalena | 17-03-2006 14:27:04
Gracias por todos los comentarios.
Lu: no lo había pensado de esa manera pero creo que, a pesar de que la cita es igualmente muy apropiada, tenés razón.
Magdalena: a medida que lo escribía tenía los dos finales en mente, uno similar al que imaginabas vos y el que quedó. No sé bien por qué, el propio texto me fue llevando a que terminara así.
Dragón del mar | 17-03-2006 14:41:58
Sebi:
Te felicito por el relato. Está tan bien escrito que dan ganas de seguir leyendo...
El final me pareció perfecto y me dejó algo parecido a la melancolía.
Bravo!!!
Patricia
Patricia Herrera | 21-03-2006 20:21:57
Lulet | 25-03-2006 17:26:30
Nicolas | 27-03-2006 21:17:28
Excelente decisión. Este final le suma mucho al relato. El otro final, más anodino, pero a tono con la vida de Marina, le hubiera dado mayor coherencia al cuento, pero menos riesgo. Tampoco es que te vas a la mierda, porque hay mucho de insinuación y de mesura, el horror viene, al menos explícitamente, en formato onírico. Así que eso es todo.
Matías Pailos | 07-04-2006 04:52:58
Fede Milano | 11-12-2006 15:35:52