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Dragón del Mar

Martes, 14 de marzo de 2006

Marina (tercera parte)

El viaje me había cambiado la cabeza. Con Romina decidimos irnos a vivir juntas. Conseguí un trabajo como camarera de un bar y mis viejos me daban algo de plata por mes. La tía de Romina tenía un departamento vacío en Belgrano, que nos alquilaba barato, y nos instalamos ahí. Ése fue un gran año y lo pasé sola y con Romina y con un par de amigas más. Tuve dos o tres romances que duraron menos que un suspiro, pero estaba bien así. Los domingos me iba a Ballester a visitar a mi familia, que era como volver varias décadas atrás. Aprobé todas las materias en la facultad y cambié mi empleo de camarera por uno mucho mejor, en una casa de fotocopias donde a veces hacía trabajitos de diseño. En el verano arreglamos con Romina y otra amiga para irnos juntas a Pinamar. Una semana antes de viajar me crucé por la calle con Martín, el chico que tenía onda conmigo en el hostel de París. Él me reconoció primero. Al principio yo me quería matar. Me había mandado dos o tres mails que nunca respondí y no tenía ganas de inventar ninguna excusa. Por suerte no me hizo comentarios al respecto. Ya no me pareció cínico y de tímido tenía muy poco. Me sorprendí pensando que, en realidad, ni siquiera me caía tan mal. Al punto de que cuando me invitó a salir con él, el fin de semana siguiente, no tuve inconvenientes en responderle que sí. Después me arrepentí pero no soy de cancelar citas a último momento. En el peor de los casos, pensé, le digo que tengo que volver temprano y chau. Me vestí bien pero con mucha discreción y esperé a que me pasara a buscar. Vino con un Gol alucinante, que olía a nuevo por todas partes. Se lo habían regalado los viejos, dijo, pero él igual quería devolverles una parte de la plata. Estudiaba comercio exterior, era geminiano y bastante fachero, un aspecto en el que me hacía acordar al tano. Me llevó a cenar y después a tomar algo. En ningún momento me dio la impresión de que se me quisiera tirar encima, como me había pasado antes —y me siguió pasando después— con otros tipos. Más bien todo lo contrario, a pesar de su amabilidad. Me resultó soberbio, un defecto que me produce rechazo en otras personas pero que a él le quedaba bien, quizás porque lo llevaba adelante sin ignorarlo, como si fuera una virtud. Yo me enganchaba de su discurso y eso me hacía sentir especial. Era cómodo estar ahí. Hablar de los demás como si todos, salvo él y yo, formaran parte de una gran equivocación. Sospeché, durante esa primera cita, que si llegaba a tener algo con Martín él iba a hacer lo imposible para sustentar la arrogancia que le encantaba exhibir. Después de tanto tiempo pienso que esa imagen, a la que ahora siento como una foto trucada, era lo único real en él. Cuando terminó la noche me llevó a casa, yo le pregunté si quería pasar a tomar algo, él me dijo que se le hacía tarde. Nos miramos en silencio durante unos segundos que parecían decisivos hasta que me besó en la mejilla para despedirse. Llamame cuando vuelvas de Pinamar, dijo como podría haber dicho cualquier otra cosa, y eso fue todo por aquella vez.
Durante las vacaciones me resultó imposible dejar de pensar en él. Intercambiamos algunos mails bastante sugerentes, yo soñaba con que Martín viniera a visitarme un fin de semana, pero al final no pasó nada hasta que volví a Buenos Aires dos semanas después. Romina cuenta que yo estaba insoportable con ese tipo y creo que tiene razón. Llamó al tercer día de mi regreso y quedamos en vernos esa misma noche. Amanecimos al día siguiente, los dos enredados en la cama del departamento de Martín. Nos despedimos sin promesas de volver a vernos y eso me mantuvo en vilo durante una semana, hasta que me llamó otra vez. Durante cinco o seis meses seguimos igual, pasando juntos una noche cada tanto. No tuve ninguna otra relación, prolongada en el tiempo, en la que el sexo ocupara un espacio tan vital como con él. Todo lo que hacíamos resultaba ardiente y fuera de lo normal. Pero cada vez que yo quería planificar algo, aunque más no fuera una salida para la semana siguiente, Martín se ponía en guardia, endurecía los músculos, me decía que no sabía o que lo teníamos que hablar cuando llegara el momento. Esas reacciones me enloquecían y entonces lo odiaba y decidía que no lo quería ver nunca más, hasta que poco después él me llamaba o yo lo llamaba y nos volvíamos a encontrar. Un día tuvimos una discusión más fuerte de lo habitual, yo me fui de su casa dando un portazo y pensé que todo había terminado. No quería aparentar ninguna debilidad frente a él, no se lo merecía, pero anduve por el suelo hasta que un día lo encontré esperándome en la puerta de mi edificio. Me dijo que lo había pensado bien. Que no podía estar sin mí. Por primera vez reconoció que le pasaban cosas conmigo. Me arrepentiría toda mi vida si te dejo ir, argumentó. Y al cabo de un largo rato de promesas y declaraciones, le creí.

Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

El tono femenino está excelentemente captado. Bah, al menos para un tipo al que no dejan de sorprender ciertos lugares comunes femeninos. El que ella considere una cancelación a último momento, el que acepte una cita, sabiendo que es una cita y no estando segura al respecto (a nosotros a veces nos pasa, pero sosprecho que no tan seguido). El que se enganche porque el tipo NO actúa cuando ella lo espera. Okey: sabemos todo eso de ellas. ¿Por qué después hacemos todo al revés?

Matías Pailos | 02-04-2006 04:44:45

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