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Dragón del Mar

Lunes, 13 de marzo de 2006

Marina (segunda parte)

Aterrizamos en Barcelona y nos fuimos directo al hostel donde teníamos dos camas reservadas. La idea era viajar dos meses por Europa, con el Eurail Pass. Estábamos a fines de diciembre y queríamos pasar el año nuevo en París. Al principio fue duro. La segunda noche, en la Rambla, nos robaron los cheques de viajero. Pensamos que Europa era un callejón oscuro en donde no debimos habernos metido. Lloramos un poco, maldijimos nuestras suertes y seguimos adelante. El año nuevo fue genial. Conocimos a un grupo de chicos argentinos y al cabo de dos horas ya éramos amigos. Había uno, Martín, que tenía onda conmigo. Romina me lo señaló la misma noche en que lo conocimos. Yo sospeché que tenía razón pero no quería saber nada con él, que por suerte igual no se me acercaba demasiado. Hacía muchas bromas, se las daba de cínico, pero yo creo que todos los cínicos son tímidos en el fondo. En Brujas nos separamos. Él y su grupo se iban para Bruselas y nosotras nos queríamos ir directo a Berlín. Seguimos en contacto por mail, dijimos. Quién sabe, en otro punto del viaje nos podamos volver a cruzar.
Después conocimos a tanta gente que nos olvidamos de ese grupo. Romi se metió con un australiano que era surfer y maestro de escuela, macanudo hasta el punto de que todo parecía darle igual. Salíamos de a tres en Praga por los bares, ejercitando nuestro inglés, hasta que en un determinado momento yo me iba a dormir. Budapest fue igual y en Viena, por suerte, se separaron. Romi no se lo bancaba más y yo estaba contenta de recuperar a mi amiga. Además ya nos estábamos acercando a uno de los destinos más esperados de nuestro viaje, que era Italia. Fue, por mucho, el país de Europa que más nos gustó a las dos. A la noche nos dolían los pies de tanto recorrer museos pero igual, de vez en cuando, salíamos a bailar. Ya lo éramos desde antes, pero durante esas semanas en Italia nos hicimos amigas hasta lo más profundo con la flaca. Y en Milán lo conocí a Antonio y entonces mi viaje cambió. Fue en una discoteca, una noche de fines de enero, pero hasta el tercer día no pasó nada. Antonio estudiaba arquitectura en el Politécnico y vivía solo en un pequeño departamento del centro de Milán. Tenía las paredes de un blanco muy profundo, como de un papel indescriptible, y muy pocas cosas además del equipo de música, algunas velas y la cama. Me llevó una noche y desde entonces no volví a dormir en el hostel, donde nos habíamos hecho amigas de otro grupo de argentinos. Romi tenía mucha onda con uno de los flacos y quería seguir viaje con ellos hasta España, así que decidimos separarnos. Nuestros pasajes de regreso estaban fechados para dos semanas más tarde en Madrid, donde nos encontraríamos un día antes de la vuelta a casa. Nos dimos un abrazo interminable con Romina en el andén, cuando la fui a despedir. Después volví al departamento de Antonio. Esas dos semanas con él fueron un sueño con todo lo que ello implica, incluso la duda de si las cosas sucedieron tal y como las recuerdo yo. Antonio tenía eso que tienen los tanos y que, sobre todo después de Daniel, despertaba mi fascinación: te tratan como a una reina pero al mismo tiempo te dejan la vaga sensación de que en realidad no les importás tanto. Yo ni siquiera me preguntaba si estaba enamorada de él. En todo caso era un amor pequeño, hecho de cosas diarias y pequeñas a su vez, que no excluía la posibilidad (o la certeza) de la separación. De día dormíamos o recorríamos el Milán de los italianos, no el que estaba hecho para los turistas, y por las noches salíamos a cenar o a tomar algo, hacíamos el amor, volvíamos a dormir. Antonio estaba preparándose para un examen y a veces yo salía a pasear sola, entonces aprovechaba para hablar por teléfono con mi familia y contarles lo bien que la estaba pasando en Valencia o Salamanca, con Romina, y que los extrañaba mucho aunque todavía no tenía ganas de volver.
Pero al final llegó la última noche. Los dos estábamos tristes, para qué mentir, la aceptábamos como una etapa inevitable en nuestra relación que de ahí en más se abría a un mar de posibilidades que por momentos daban vértigo y en otras ocasiones, de sólo pensarlas, me hacían vagamente feliz. Fuimos a escuchar música en un bar que nos gustaba, a la vuelta del departamento de Antonio, conversamos acerca de un posible viaje suyo a Buenos Aires cuando terminara la carrera, un año después. Él me regaló una cadenita con un colgante que aún conservo y yo le había comprado un reloj con la extensión de la tarjeta de crédito de mi papá. Tenía que rendir su examen al día siguiente de mi partida, yo empezaba las clases una semana después y ésas eran las señales, débiles pero eficaces, de que el mundo seguía su curso. Me acompañó hasta la estación terminal de Milán, nos abrazamos y ninguno de los dos lloró. Esperamos hasta último momento y yo me subí al vagón que me correspondía. Lloré después, en el baño del tren, pero cuando me encontré con Romina en Madrid ya me sentía mejor. Salimos de compras, nos contamos todas las anécdotas que nos habían quedado pendientes y cuando quisimos darnos cuenta ya era hora de tomarse el tren al aeropuerto. En el otro extremo de ese vuelo, sucias y desesperantes, me esperaban otra vez las veredas de Ballester.

Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (4) | Referencias (0)

Comentarios

ahora entendí; no son muchos, de ninguna forma; son los que tienen que ser y están contados como tienen que estar contados; como cadaveres encontrados en un desierto.

playmobil hipotético | 14-03-2006 00:32:20

Esa es por lo menos la idea, y la imagen que usaste no podría ser mejor.

Dragón del mar | 14-03-2006 09:03:55

Wow... altos relatos...

Estar lejos de la familia es difícil... a mi me pasó... el desarraigo pesa... pero tiene su lado positivo, no?

Besos!

Lulet | 14-03-2006 09:36:45

Okey, yo tuve la mismo impresión inicial de Playmobil: los tipos parecían sucederse como árboles en una carretera visto desde un coche, pero no: no eran árboles (aburridos, pero vivos) sino cadáveres (omnipresentes, pero muertes). Eso explica el dejo de tristeza imborrable como manchón de cafe que atraviesa el relato, pero más esta segunda parte, ¿no? No sé si estas partes me gustaron especialmente, pero se me quedaron impregnadas: la idea de que los cínicos son tímidos, la de que a los tanos en el fondo mucho no les importan las minas, y Ballester en la línea final.

Matías Pailos | 28-03-2006 02:43:01

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