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Dragón del Mar

Miércoles, 08 de marzo de 2006

El circo



Una vieja leyenda familiar, que estimo real, sitúa el primer encuentro de mis viejos en una sala de cine en donde ambos habían ido a ver Amarcord de Fellini. Los imagino jóvenes e inciertos, discutiendo de cine y vestidos con una ropa lejana, indescriptible. Quizás por este influjo, aunque me gustaría pensar que se trata de una afinidad electiva, Fellini fue desde siempre uno de mis directores preferidos. Recuerdo vagamente las imágenes de sus películas en los primitivos VHS que alquilábamos en un videoclub del barrio, que regresan por momentos como un sueño que se sintoniza mal. Y quien dice Fellini dice circo, que era para mí su traducción a la vida real. Yo nunca había estado en un circo. Un día se instaló una carpa en mi barrio, al costado de una ruta, en uno de los baldíos donde tuvieron lugar los fusilamientos del 56.
—No está bueno el circo —dictaminó mi viejo.
—Dale, vayamos igual —dije yo.
Me costó convencerlo. Al final fuimos los dos solos un domingo a la tarde, todavía aturdidos por la siesta. Había llovido hasta el mediodía y el aire estaba espeso de humedad. La remera se me pegaba al cuerpo, la espalda contra el asiento del auto y el asfalto resplandecía de viscosidad y sol. Al costado del circo había un estacionamiento. El tipo que lo cuidaba masticaba un escarbadiente y guardaba a un costado, entre sus pertenencias, un cartón de vino Termidor. Cuando mi viejo se acercó a pedirle que le preste especial atención al coche, un Renault que llamábamos la Batata y al que no le cerraban bien las ventanillas de adelante, el tipo le respondió que se quedara tranquilo mientras miraba constantemente hacia algún otro lugar. Parecía que estaba esperando a alguien, escapando de algo o ambas cosas a la vez.
—Lo mejor va a ser que salgamos rápido, ni bien termine la función —dijo mi viejo mientras caminábamos hacia la carpa, sin perder de vista al auto que se iba quedando atrás. Lo noté inquieto y pensé que estaba esperando que le dijera que volviéramos a casa o nos fuéramos a otro lado (me lo imaginé diciéndome: "te alquilo dos películas en el videoclub"), pero yo enmudecí.
Cuando entramos en la carpa descubrimos que las gradas estaban casi desiertas aunque ya faltaba poco para el inicio de la función. Nosotros nos ubicamos en el centro, no tan lejos que no se pudiera ver nada pero lo suficientemente atrás como para que a ningún mago se le ocurriera hacernos subir al escenario. Los asistentes, que eran en su mayoría familias con hijos chicos, exhibían una moderada expectación. A un costado pasó un viejo que cojeaba y parecía salido de una película de terror. Pensé que formaría parte de la función hasta que me di cuenta de que estaba vendiendo pirulines y garrapiñadas.
—¿Me comprás? —dije.
Mientras comía las garrapiñadas en silencio creí descubrir la silueta de un payaso detrás de las bambalinas. ¿Se habría enamorado de una de las trapecistas en algún momento de su vagabundeo permanente? Recordé las imágenes de Fellini otra vez. El circo era la promesa de algo incierto, como si tuviera demasiado sentido que estuviéramos ahí. Tanto, que no podía ser real. Presa de un inesperado vértigo me apreté contra mi viejo. Él me miró.
—Cuando era chico a mí también me gustaba el circo —dijo concediéndome algo de razón.
Y cuando terminó de hablar, como si lo suyo hubiera sido el preludio que andaba faltando, unos redobles de tambor nos indicaron que daría comienzo la función. Dos payasos aparecieron en escena. Esto me gusta, pensaba yo. Pero al cabo de un rato me invadió la desesperación. Del espectáculo sólo voy a decir que el enano que cantaba tangos era el mismo que, con distinta ropa, tragaba fuego y les tiraba boleadoras de colores a los chimpancés. Había un león que se llamaba León y la trapecista me hacía acordar a mi vieja cuando se ponía los pantalones cortos de entrecasa. Difícilmente se tejiera algún romance entre los miembros de la troupe. Más que artistas y bohemios parecían los fugitivos de algún penal.
Cuando salimos ya estaba anocheciendo y caminamos en silencio hasta el auto.
—¿Viste? —comentó mi viejo que a pesar de todo lucía más desconsolado que yo— Te dije.
Yo me encogí de hombros. El cuidador de los autos todavía estaba ahí. Le dimos unas monedas y el tipo nos agradeció con vehemencia y le dijo a mi viejo que, si algún día pensaba vender el auto, lo fuera a ver a él. Mientras nos alejábamos observé que ahora estaba acompañado por una mujer que, secándose los labios con el dorso de la mano, le alcanzaba una botella de vino a medio tomar.
—Lo que pasa es que este circo era muy malo —suspiré.

Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (9) | Referencias (0)

Comentarios

Qué linda historia!!

A mi el circo no me gusta... por los animales... me parece cruel.

Pero adoro los payasos, soy de las que se ríen más que los pendex!!!

Salud!

Lulet | 09-03-2006 08:53:32

Insisto en mi deseo de haber compartido su infancia. Aunque no fuera feliz y en Disneylandia!

Me conformo con sus reciclados de recuerdos!

La estoy pasando bien...

Magdalena | 09-03-2006 14:05:47

Gracias! Y no, con Disneylandia nada que ver...

Dragón del mar | 10-03-2006 09:02:56

yo opino que todos estos excelentes relatos deberían condensarse en un libro, que seguramente mucha gente compraría.

Eugenia | 10-03-2006 11:01:16

El circo, perdóneme Dragón, perdóneme Fellini, tiene bastante de siniestro. Ese en particular al que usted asistió le suma un elemento mórbido y berreta al que no puedo dejar de reconocerle algún atractivo, quizás cierta mayor impresión de realidad, lo que le da al relato una estructura trunca (se espera lo maravilloso, nos topamos con lo vulgar) que alberga en su seno la sorpresa.
Confieso que creí que le habían afanado el R12 a tu viejo. (Eso fue otra sorpresa.)

Matías Pailos | 10-03-2006 12:05:44

Tengo un recuerdo muy vago de haber asistido a un circo cuando estaba cerca de los cuatro años, en compañía de mi mamá y mi tía. Fue horrendo, payasos que de grotesca alegría parecen muy tristes y elefantes con polleritas de tul rosa entre otras cosas de la misma crueldad absoluta... Me pasó algo parecido a lo que a vos, hermoso dragón en el sentido de que nadie me advirtió, pero a la salida y en silencio mi tía me miró y en sus ojazos azules leí: "a mí tampoco, nunca me gustó el circo, Lulina"

Luciana | 10-03-2006 12:15:35

grosso, dragón, grosso; el circo es una mierda pero entre tu viejo y vos, y todo lo que hay en el medio, hay diez novelas que espero sean escritas todas en mi casa; sí, sonó muy gay pero se entiende crípticamente.

playmobil hipotético | 10-03-2006 19:56:54

Me ha encantado este relato. El ambiente, la pereza del domingo a la tarde, la paciencia del papá. Qué belleza.

Barbarita | 11-03-2006 18:19:01

Gracias a todos por los comentarios.
Pailos: Nadie se aventuró a robarse el R12, por suerte. Al año siguiente lo vendimos y con la plata que sacamos nos compramos una heladera Zenith nueva (con congelador).
Lu: evidentemente, el circo es un mito que no sé por qué resiste, pero que desde aquí empezaremos con gusto a derribar. Igual, la verdad, yo le tengo cariño, pero sospecho que es por culpa de Fellini.
playmobil: por supuesto que serán escritas en tu casa. Sin ir más lejos, estos últimos tres relatos que posteé nacieron ahí. Y no sigo porque si no voy a parecer gay yo también.
Barbarita: la pereza del domingo a la tarde y esa paciencia eran dos de las sensaciones que más me interesaba transmitir. Me alegro de que hayan llegado a buen puerto.

Dragón del Mar | 11-03-2006 20:46:13

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