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Lunes, 20 de febrero de 2006
Los fundadores fueron Ailén y Balthazar, persuadidos de que había en ellos algo más que el azar común de la profesión desempeñada por sus madres, algunas de las cuales todavía adornaban las tapas de las revistas de chimentos y actualidad. Se trataba, tal como consignaba el acta de fundación, de “alentar un espacio común de reflexión y diálogo acerca de nuestra idiosincracia compartida, nuestros valores y la historia que nos une más allá de las individualidades”. En poco tiempo se presentaron numerosos postulantes, que eran elegidos tras un arduo proceso de selección. De todos ellos sólo cuatro fueron aceptados como socios entre tantos impostores de diversa calaña, pero al cabo de un año ya serían muchos más. Algunos habían heredado las fortunas de sus familias, otros se hallaban en bancarrota, pero en ese aspecto no existía la discriminación. Creció entre los socios la certeza de que formaban una comunidad espiritual. Y todos, sin excepciones, lo adoraban a Balthazar.

Habituado a la exposición mediática desde la más temprana infancia, Balthazar decidió apartarse del mundo cuando alcanzó la mayoría de edad. Algunos lo llamaban misántropo, otros lo consideraban un excéntrico inflamado de soberbia, lo cierto es que el retiro de Balthazar en una solitaria mansión de Mónaco, absolutamente aislado del mundo exterior, duró dos años y medio al cabo de los cuales regresó a su país persuadido de que había llegado el momento de abandonar el ascetismo y de pasar a la acción. Se puso en contacto con Ailén, la hija de una íntima amiga y compañera de trabajo de su madre, y de sus largas jornadas de drogas, sexo grupal con otros amigos de la infancia y ski acuático, entre otras diversas actividades, surgió la idea que pronto determinaría el futuro de una generación. El encargado de formularla fue Balthazar. Hay algo más entre nosotros, dijo. Algo más que el sexo y las drogas y las fiestas. Algo más que la pasión por el diseño de indumentaria y la segregación que sufrimos dentro de nuestro propio país, el lugar que eligieron nuestros padres y nuestras madres para trabajar y tener éxito y para vivir, eventualmente, además de las ocasionales estadías en Roma, París o la Costa Azul. Hay algo, acordó Ailén, que trasciende a nuestra experiencia individual.
Al cabo de esa misma noche las bases del Club ya estaban redactadas. Sólo se admitirían como miembros a hijos e hijas de modelos o, en su defecto, de otros referentes de la comunidad artística, aunque estos últimos serían sometidos a los más estrictos criterios de selección. La primera sede se instaló en el country Las Palmeritas, aunque muy pronto debió mudarse a una ciudad cerrada a causa de la gran afluencia de socios. La estrella de Balthazar cautivó muy pronto tanto a los miembros de la agrupación como a la opinión pública en general. Poseía un talento excepcional para la comunicación y un cierto aura de misticismo que, unidos a su proverbial apariencia física, lo transformaron en un referente mediático de primera línea. Las radios, los canales de televisión, los periódicos, lo convocaban para opinar acerca de cualquier tema que anduviera dando vueltas. Un partido de centroderecha le ofreció una candidatura a diputado nacional, que Balthazar rechazó: “No creemos en los políticos”, dijo y esa declaración se transformó en una de las consignas del Club.
Las actividades de la institución eran de lo más diversas e incluían desde torneos de voley hasta sesiones intramuros de dos o tres días de duración, durante las cuales Balthazar —con la colaboración siempre solícita de Ailén— exponía ante la audiencia acerca de temas tan disímiles como “Nosotros y el sexo”, “Nosotros y el deporte”, “Nosotros y la conciencia social”... Nada quedaba librado al azar. Balthazar emitía opinión, y esta opinión se transformaba en doctrina, acerca de todas las esferas del comportamiento humano. El Club, según se rumoreaba, se estaba transformando en algo más. Ese “algo más” que los unía estaba encontrando su representación, su voz, entre los seguidores de Balthazar. Algunos lo llamaban secta. Otros hablaban de la fundación de una nueva religión. Sólo el tiempo diría hasta dónde eran capaces de llegar. Sólo el tiempo, cavilaba Balthazar, y la deriva universal.
Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (2) | Referencias (0)
¿cómo hacer de alguien previsiblemente vacío, malcriado, riquillo un personaje místico? La respuesta la tiene Dragón del Mar; grosso grosso
playmobil hipotético | 27-02-2006 13:21:18
Dragón del mar | 27-02-2006 14:07:03