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Martes, 14 de febrero de 2006
O algo así
Se llamaba Rolando, yo lo conocí en el secundario aunque nunca tuvimos mucho trato. Seguí su historia desde lejos, siempre alguien me venía con alguna anécdota y el resto me lo imaginé.
A Rolando le gustaba que lo consideraran un tipo indefinible, aunque no estoy muy seguro de que lo fuera. A pesar de que su familia no tenía problemas de dinero, él se vestía como un sobreviviente. Usaba ropas que no combinaban entre sí. Solía salir con un grupo de amigos a rescatar viejas prendas en el Ejército de Salvación, que compraban de a diez o veinte por vez. Tenía una distinta para cada momento del día, salvo la mañana, que utilizaba para dormir. Durante un tiempo evaluó la posibilidad de dedicarse al culto de los hare krishna, pero lo abandonó porque decía no soportar ninguna regla. Había trabajado en la empresa de la familia pero abandonó el puesto en pocos meses. “El trabajo estructurado no va conmigo”, decía. “Mi viejo lo va a terminar entendiendo, y si no que se joda”.
Quiso entonces dedicarse al noble oficio de poeta. Como no soportaba la poesía de los otros, pensó que lo mejor era escribir un libro de poemas por su propia cuenta. “Siento que tengo muchas cosas que expresar, que me salen de adentro”, le decía a quien quisiera escucharlo. Así que se compró un cuaderno en el que, día tras día durante un par de meses, anotaba sus impresiones. El trabajo de presentarlo a las editoriales le resultaba pesado así que consiguió que su padre, si bien escéptico ante la nueva afición de su hijo, le financiara una edición de trescientos ejemplares. Vendió treinta entre sus amistades, se levantó a un par de minas y abandonó los que restaban en un cajón.
El estudio era otro tema de desvelo para sus padres. Como en el secundario demostraba alguna afinidad por la química, lo inscribieron en la carrera de Ingeniería del Petróleo en un instituto privado. Después de tres materias, y habiendo aprendido las propiedades químicas de la cera, decidió que lo suyo era el arte de fabricar velas artesanales. Pese al disgusto de sus padres abandonó la carrera y los persuadió para que financiaran un nuevo emprendimiento: su propio taller de artesano. Le alquilaron un local en Palermo Hollywood y le dieron el dinero necesario para adquirir los materiales. El resultado fue más bien exiguo: veinte velas que les regaló a sus amigos. Una noche organizó una fiesta en el taller a la que acudieron más de cien personas. Alarmados por el descalabro que se había armado, los vecinos alertaron a la policía. Rolando terminó esa noche en la comisaría por llevar encima veinte gramos de marihuana y tres pastillas. Ese fue el fin de su aventura como artesano.
Se dedicó entonces a la joda sin ningún tipo de complejos ni planes alternativos hasta que una noche, intoxicado por el alcohol y las drogas, se le disparó una idea que lo tomó por asalto: “No soy nadie”. No era algo usual en él pensar esas cosas. En realidad, parecían palabras más adecuadas a la boca de su padre. Pero por algún motivo lo tocaban de cerca y no lo abandonaron desde entonces. Dejó de lado el entusiasmo por sus salidas nocturnas y se dedicó a buscar trabajo en el diario. Concurrió a dos o tres entrevistas, pero por no tener ninguna experiencia ni estudios era poco lo que podía conseguir. Y trabajar como cajero en un supermercado no entraba en cuestión: él estaba para otras cosas. Quería hacer su propio camino para demostrarle a su padre de lo que era capaz. Por eso, pedirle trabajo en la empresa tampoco era una opción válida. Al menos por el momento. Quiso anotarse en algunas carreras universitarias, probó varias veces con el CBC, pero nada lo satisfacía. Estaba en blanco y no sabía cómo salir de su propio laberinto. Por lo menos ahora había mejorado un poco su vestimenta. Ya no usaba las mismas ropas viejas de antes, sino que se vestía con diseños realizados por sus amigos o conocidos que sabían un poco más del tema que él.
Su padre, alarmado por la situación de su hijo, que consideraba desesperada (“No puede ser que a los veinticinco años todavía no sepa qué hacer de su vida”, repetía hasta el cansancio), decidió regalarle un viaje a New York con la esperanza de que el cambio de aires le clarificara un poco las ideas. Rolando, que era orgulloso pero no tonto, aceptó. En realidad ya era la quinta vez que viajaba a New York, pero esta vez era distinta: no iba de shopping, sino que iba a buscar algo. No sabía bien qué. Una vez allí se encontró con sus amigos que habían emigrado al norte en los últimos años. Algunos trabajaban limpiando los baños de algún bar, pero aún así Rolando sentía una secreta admiración por ellos. Por lo menos hacían algo. Y también estaban los otros. Su primo, por ejemplo, tenía la misma edad que él, trabajaba en la casa matriz de una multinacional y ganaba fortunas. Una noche se encontraron para cenar en un restaurante del Soho.
Su primo Mariano siempre le había resultado un personaje curioso. Era de los que estaban siempre de acuerdo con todo el mundo, aunque nada de lo que los demás decían parecía afectarlo demasiado. Daba la impresión de estar aburriéndose en todo momento, aunque eso nunca le hacía perder la sonrisa de cortesía que llevaba como adherida a los labios. Si había alcohol, tomaba moderadamente. Cuando en una fiesta había música bailaba un rato y después se iba a un costado. Podía estar meses y meses, incluso años de novio con la misma chica, y no demostrar ningún problema con eso. Si hasta parecía que no le interesaban las mujeres más que para casarse. Había hecho su carrera universitaria en tiempo récord y consiguió trabajo en New York sin demasiado esfuerzo. Mientras que Rolando sólo veía el caos, su primo parecía tener las cosas siempre prolijas y en orden. Esa característica le produjo rechazo desde su infancia. Pero esa noche, cenando con él en el Soho, se dio cuenta de que las cosas habían cambiado: ahora le tenía envidia.
Después de todo, no veía en Mariano ningún gran talento para nada en particular. Simplemente, pensaba Rolando, era una persona no había desperdiciado sus oportunidades. Sus temas de conversación eran más bien escasos, pero se conocía la carta de vinos de memoria y todas las camareras del lugar lo admiraban. A Rolando ni siquiera lo veían.
—¿Estás ganando bien? —le preguntó en un momento. Lo hacía solamente porque intuía oscuramente que a Mariano le gustaba que le preguntaran por su sueldo.
—La verdad que sí —respondió él sin levantar la mirada del plato—. No me puedo quejar. Tengo una casa grande, un auto y una cuenta bastante grande en el banco. Todo gracias a New York.
Rolando sonrió con algún esfuerzo.
—¿Y vos? —preguntó Mariano— ¿Por qué no te venís para acá? ¿Estás laburando con tu viejo, no?
—Sí —mintió Rolando—. Por suerte, las cosas siguen bastante bien allá.
—Qué bueno. A veces extraño Buenos Aires. La gente de acá es muy fría, no son como nosotros.
—Sí —dijo Rolando y se quedó callado. Y después de un largo e incómodo silencio que utilizó para pensar qué decir, le contó:
—Sabés, tengo ganas de empezar con un emprendimiento de fabricación de velas artesanales. Bah, ya lo empecé en realidad, pero quiero ponerme las pilas con eso. Por ahora es solamente un hobby. Pero creo con un poco de cabeza se puede armar algo bueno.
Mariano lo miró con escepticismo.
—¿Pero te parece que hay un mercado para eso?
—Creo que sí, pero no está muy explotado. Hay que vender bien el producto.
—Claro —coincidió Mariano—. Hacete antes un pequeño estudio de marketing. ¿Pensás terciarizar la fabricación de las velas, o querés hacerlo todo vos? No te lo recomiendo.
—No, terciarizar, obvio —respondió Rolando mecánicamente.
—Si te ponés las pilas y armás una buena propuesta, yo te puedo conseguir algunos inversores de acá.
—Eso sería bueno.
—Claro —respondió Mariano mirándolo por primera vez a los ojos—. ¿Para qué está la familia, si no? Si tu sueño es armar esta empresa, yo te voy a ayudar.
—Muchas gracias —dijo Rolando.
Pero la charla no lo había conmovido en absoluto.
Al regresar a Buenos Aires se sentía con un poco más de iniciativa que antes, pero sin ninguna idea. Pensó en irse a vivir a New York mientras la noche empezaba a devorarlo otra vez, y se lo hubiera tragado entero de no haber sido por Carla. Era psicóloga recién recibida y trabajaba en el departamento de recursos humanos de la empresa de su padre. Se enamoró de ella a primera vista. Rolando la admiraba por su firmeza de carácter, por la claridad de sus ideas, sus proyectos, en fin, todas las cosas de las que él mismo carecía. Al mismo tiempo percibía que a ella la seducían su vida de bienestar, su auto, su casa y, para su sorpresa, también un cierto halo de poder que irradiaba entre los empleados de su padre por ser el hijo del jefe, incluso aunque no lo soportaran. Nunca antes había experimentado una sensación así: realmente había alguien que lo admiraba, y el motivo era totalmente secundario. Curiosamente esas cosas empezaban a importarle.
Fue entonces cuando decidió volver a trabajar en la empresa. Descubrió que era más fácil ceder un poco. Como lo consideraba una persona creativa, su padre le consiguió un puesto privilegiado en el departamento de publicidad. Trabajaba media jornada y por primera vez ganó un sueldo decente. Eso lo incentivó y en poco tiempo alcanzó el puesto de team leader, algo que nadie en la empresa había logrado con tan poco esfuerzo. Al mismo tiempo, trabajaba free lance como diseñador gráfico, un arte que empezó a atraerlo desde que aprendió a utilizar el Photoshop. Su primer trabajo por encargo fue el diseño de la imagen corporativa de la empresa de su padre. Se fue a vivir solo, hizo unos cuantos viajes con su propio dinero y poco a poco empezó a sentir que ya no tenía nada que envidiarle a personajes como su primo. Después de un año de noviazgo, cuando empezaron los planes de casamiento, dejó a Carla y se dedicó a correr detrás de cuanta mujer se le cruzara por el camino. Se había transformado en un hombre hecho y derecho: nadie lo molestaba ni le cuestionaba nada, su padre estaba contento con él y tenía un trabajo en el que podía dedicarse sin problemas a cagar a pedos a los demás. Se compró una casa antigua en Palermo y la recicló, pintó las paredes de blanco y colgó un cuadro de Dalí. Compró cd´s de música étnica para hacer alarde de su apertura mental. Se hizo vegetariano y empezó a practicar artes marciales. Tenía un perro de raza, dos secretarias (a las que llamaba “asistentes”) y un dealer que le llevaba la cocaína hasta la puerta de su casa. Por primera vez en la vida, era feliz. O algo así.
Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (4) | Referencias (0)
Muy buen relato!
(Le confieso un detalle freak: mientras lo leía,no sé por qué se me venía a la cabeza Mariano Grondona y Rolando Graña)
Capitán Intriga | 14-02-2006 18:51:30
Gracias por la visita, Capitán. Debo reconocer que su comentario me dejó perplejo. Mientras lo escribía, yo tenía en mente a Marcelo Tinelli y Adrián Suar.
Dragón del mar | 15-02-2006 08:52:51
Capitán Intriga | 15-02-2006 09:00:14
juliana | 15-02-2006 16:42:13