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Viernes, 03 de febrero de 2006
Apuntes de una adolescencia menemista
Dicen que la marihuana distorsiona la percepción de la realidad. Hubo un momento de mi vida en que, cada vez que me fumaba un porro, llegaba a la misma conclusión: Lennon y Mc Cartney son los dos artistas más grossos del mundo. Sólo Bob Marley parecía capaz de arrebatarles el podio, aunque mi relación con los Beatles fue siempre más emocional. Pero al poco tiempo descubrí que, aunque no fumara, mi opinión no variaba en ese aspecto. Entonces recordé que muchos años atrás, cuando yo era un chico que escuchaba los discos de vinilo de mi viejo, también pensaba lo mismo. Con la diferencia de que mis discos preferidos en aquel momento eran los primeros, hasta Rubber Soul, y ahora me quedo con los últimos, de Rubber Soul en adelante.
En el secundario hice amistades de lo más diversas. Estaban el grupo de los intelectuales, los cinéfilos, la conchetada, los hardcore y alguno que otro más que ahora no recuerdo. Yo me llevaba más o menos bien con todo el mundo, aunque con algunas preferencias, pero nunca formé parte del elenco estable de ninguno de ellos. A Diego y a Gustavo los conocí en tercer año porque habían repetido. Eran uno o dos años mayores que yo, escuchaban a los Chili Peppers y en algunos ámbitos —sobre todo en el de los conchetos— se rumoreaba que fumaban marihuana. Mi relación con ellos dos pasaba por la música. Nos quedábamos conversando acerca de Nirvana y Pearl Jam en los recreos. Un día en que Gustavo vino a casa escondí mis discos de Elton John y Freddie Mercury, vestigios de una época anterior. Supuse que verlos le haría perder el aprecio que me tenía.
El primer porro me lo fumé en casa de Matías, un amigo de ellos dos. La casa de Matías era enorme, una de esas aberraciones típicas del menemismo que afloraban como árboles excéntricos, mutantes, en el corazón de Villa Ballester. Matías debía tener uno o dos años más que yo, pero era un tipo que parecía convivir sin problemas con el lujo y la sofisticación, como si supiera algo que yo ignoraba por completo. Diego y Gustavo lo conocieron jugando al handball y se hicieron amigos de él inmediatamente. Supongo que también habían sido seducidos por esa sabiduría entre clásica e informal, donde ambos extremos convivían sin conflicto, que a él le gustaba ostentar.
—La casa de Matías tiene dos ascensores —me comentó Gustavo antes de llegar.
Junto con él nos esperaban dos minitas cuyo nombre no recuerdo y que no paraban de reír. Supuse que las dos serían fáciles, pero —quizás por ese mismo motivo— no les dirigí la palabra en toda la noche.
Nos quedamos escuchando a los Red Hot Chili Peppers en el dormitorio de Matías mientras él se deslizaba por la casa a comprobar que el resto de su familia estuviera durmiendo. A los pocos minutos volvió:
—Podemos ir al quincho —anunció, triunfal.
El quincho de Matías era un poco más grande que mi propia casa y tenía una hamaca paraguaya que me abstuve de utilizar. Nos acomodamos en unos sillones de caña.
—Preparate un trago —dijo Diego cuando vio que Matías ocupaba su lugar detrás de la barra, poblada de botellas con aperitivos y otras sustancias que no alcancé a determinar. Mezcló el contenido de algunas de ellas en una licuadora y luego lo sirvió en cuatro vasos largos que nos ofreció con orgullo.
—Prueben —dijo.
—Está buenísimo —dije tras beber el primer sorbo, como cumpliendo con una formalidad. Pero el trago era realmente bueno.
En el equipo de música sonaba un disco de Mano Negra. Nosotros tocábamos cualquier tema de conversación, aunque supuse que los míos no serían muy adecuados para el momento. No me vestía con remeras Lacoste, no sabía preparar tragos y el sexo era para mí una entelequia hecha de rumores, fotos pornográficas y discusiones de vestuario. Había terminado de leer Crimen y Castigo esa misma tarde y mi mente vagaba junto con Raskolnikov a través de las calles frías de San Petersburgo. Era inhóspito, pero me sentía mucho más a gusto en ese lugar.
Entonces Matías extrajo una pequeña piedra de uno de sus bolsillos y comenzó a desmenuzarla con los dedos.
—¡Por fin! —dijo una de las chicas.
La otra aplaudió. Parecían siamesas. Se reían tanto que sospeché que habría detrás de ellas algo insustancial.
Una vez que la piedra estuvo desmenuzada por completo, Matías procedió a armar el porro, una tarea que no parecía ofrecerle ninguna dificultad. Luego se lo extendió a una de las chicas. Antes de encenderlo le dijo:
—Esperá.
Salió del quincho, regresó a los pocos minutos con un sahumerio en la mano y lo prendió.
—Ahora sí —dijo.
Hasta entonces los sahumerios me resultaban algo absurdo y ahora, de repente, había variado la percepción que tenía de ellos. En casa los compraba mi vieja. A veces, al volver del colegio, me encontraba con uno encendido en mi cuarto y lo apagaba enfurecido, casi con indignación.
—Había olor a encierro —era la justificación que esgrimía mi vieja, algo eufemística, para indicar que la abrumó el hedor de la leonera.
Cuando me llegó el turno con el porro le dí un par de pitadas profundas, sin mucha esperanza de sentir algún efecto, y se lo entregué a Matías.
—¿Habías fumado alguna vez? —me preguntó Gustavo.
—Claro —respondí yo—. En Alemania, cuando hice el intercambio.
—¿Y?
—No me hizo nada —dije.
—La primera vez nunca pega —comentó.
—Ahora vas a ver —dijo Diego.
Yo me encogí de hombros y cuando volvió a mis manos le dí algunas pitadas más, hasta quemarme los dedos con la tuca. Entonces miré a mi alrededor. Matías estaba bailando con una de las chicas al ritmo de las canciones de Mano Negra. Ejecutaban un baile que oscilaba entre el exotismo y la despreocupación, como si nadie los estuviera observando. Diego y Gustavo empezaron a reírse hasta las lágrimas, yo no sabía de qué se reían y supuse que de mí. Me sentí ridículo sin saber por qué.
—Mano Negra es genial —comenté.
Observé el jardín a través de la ventana. En el vidrio se reflejaba la imagen de Matías y una de las siamesas, cuyo baile era ahora menos rítmico y más sensual. Palmeras, una pileta iluminada por dentro y un perro de pedigree que parecía más educado que yo. La luna estaba redonda y blanca, como si la hubieran contratado especialmente para la ocasión.
—¿De dónde sacan tanta guita? —me pregunté en voz alta.
Diego rompió en una carcajada.
—Hablá más bajo —susurró Gustavo, que se esforzaba por contener la risa.
Me explicaron que el padre de Matías era el gerente de una empresa multinacional.
—El tipo viene de una familia normal, de clase media, y la pegó —comentó Diego.
—Trabaja en una discográfica —agregó Gustavo.
Yo me acordé con melancolía de mi viejo, que conservaba sus vinilos de los Beatles como un tesoro y se había muerto ocho años atrás.
—Mirá vos —dije.
Cuando dejó de sonar Mano Negra, Matías propuso salir a bailar. A mí me daba igual. La marihuana había hecho su efecto y me sentía demasiado bien como para preocuparme por algo. Nos subimos al auto de Matías, que olía a nuevo, y pasamos por unas cuantas discotecas hasta que nuestro chofer se decidió por una de ellas. Adentro hacía calor y me dio sueño, así que busqué un lugar apartado y me dormí. Diego vino a despertarme dos horas después y nos volvimos en taxi a casa porque Matías se quería quedar hasta el final. Después me enteré de que se había transado a las dos siamesas, de a una por vez.
Continuará
Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (0) | Referencias (0)