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Dragón del Mar

Martes, 08 de noviembre de 2005

Sobre la violencia

A propósito de la obra Severino, la otra historia, de Marcelo Camaño.



La vida no es una línea recta y supongo que, en alguna medida, todos tenemos la sensación de que somos personajes contradictorios, dignos de una tragedia, una comedia o de una opereta de lo más vulgar. Algunos en mayor medida que otros. ¿Cómo no sentir, en determinados momentos, que estamos llevando a cabo aquello mismo que nunca quisimos hacer? Los motivos pueden ser de lo más diversos: ideológicos, éticos, sentimentales y una interminable lista más. A veces esa contradicción es aparente y otras veces no. En Severino Di Giovanni, tal como lo exhibe la obra de Camaño, era fatalmente real.
Su nombre es un hierro candente para políticos e historiadores desde antes de su fusilamiento, ocurrido casi ocho décadas atrás. Anarquista, romántico, idealista, Severino no dudó en recurrir a la violencia cuando la consideró necesaria. O sí dudó, pero lo hizo igual. Cayeron algunas víctimas inocentes, no tantas como se le atribuyeron después, pero una sola muerte bastaría para condenar su ética al paredón. Por otro lado, es necesaria una revisión del concepto de "víctima inocente". ¿Existen los muertos útiles? La pregunta fue contestada de todos los modos posibles y sigue abierta. ¿Si alguien hubiera matado a Hitler, podría considerárselo un asesino? Kant decía algo así como: "Obra de manera tal, que la máxima que rige tu acción pueda transformarse en principio universal". Matar a un tirano no sería, pues, éticamente condenable. En el caso de Hitler es claro, pero en otros casos, ¿quién determina quién es un tirano? Severino Di Giovanni organizó un atentado contra el consulado fascista italiano. Murieron personas que pasaban por el lugar. Matar al cónsul hubiera sido un duro golpe, pero no resultó.
La vida privada de Di Giovanni era, mientras tanto, tan turbulenta como su vida pública. Refugiado con su esposa y familia en casa de los Scarfó, compañeros de militancia, se enamora de América Scarfó, la hermana adolescente, e inicia con ella un romance que tiene todas las de perder: ella era menor de edad y él, un hombre (y padre) infiel que seguía queriendo a su mujer. Da la impresión de que Severino Di Giovanni tenía una extraordinaria capacidad para meterse en situaciones difíciles a nivel ideológico y existencial. Toda su vida es un dilema permanente.
A comienzos de la década del setenta, Osvaldo Bayer escribe y publica Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia. En su biografía, Bayer narra la historia del personaje sin eludir sus aristas más comprometidas, especialmente en lo que se refiere al empleo de la violencia, pero tampoco oculta la simpatía que Di Giovanni le genera. El libro obtiene una fervorosa acogida. Parte de la juventud que entonces empezaba a optar por la violencia armada lo toma, a contramano del deseo de su autor, como justificación teórica de esta alternativa.
Luego vinieron los intentos, frustrados el uno detrás del otro, de llevar la historia de Severino Di Giovanni a la pantalla. El último, de Luis Puenzo, generó cierto revuelo por la férrea oposición que encontró en Osvaldo Bayer. Éste consideraba que el guión de Puenzo transformaba a Severino en un delincuente común. Pareciera que su historia no pudiera ser relatada sin tomar una postura frente a ella: exaltando o condenándola. Por suerte, la obra de Camaño viene ahora a desmentirlo, sin ocultar nada pero sin escaparle tampoco a las contradicciones del personaje.
La polémica, mucho más abarcativa que el caso particular de Severino Di Giovanni, sigue abierta. Así lo atestiguan las intervenciones de Oscar del Barco. Es inútil la pregunta de si, en caso de carecer del andamiaje ideológico que lo sustentaba, Severino Di Giovanni se hubiera transformado en un Raskolnikov atormentado por la culpa de lo que alguna vez creyó era un acto justo. Era un hombre de ideas y de acción, y como tal pudo haberse equivocado o no. Lo único seguro es que no se trataba de un vulgar bandido tal como lo presentaban la prensa, las autoridades de la época y aún hoy ciertas voces que prefieren mantener el orden antes que meterse de cabeza en la discusión.

Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Del Estado al hombre es orden, del hombre al Estado es violencia nos enseñan en la "escuela"... (La seguimos otro día en una panchería de Avenida de Mayo)

juan 77 | 31-12-2005 13:18:22

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