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Dragón del Mar

Jueves, 27 de octubre de 2005

Taller literario

Esta tarde Romina trajo un relato que nos gustó a todos. Ni siquiera Marga, la profesora, se atrevió a decirle algo. Contaba la historia de su papá, pobrecito, que falleció de cáncer de pulmón cuando ella tenía quince años. El final me dejó con la boca abierta. Tiene un talento bárbaro, esa chica. Yo había llevado un poema sobre la abuela Rosa pero no me atreví a leerlo. Me la imaginaba a Marga interrumpiéndome todo el tiempo para hacerme “sugerencias”, como dice ella. No. Prefiero tomarme una semana más y corregirlo como a mí me parezca.
Sé que está mal, pero desde hace un tiempo a Marga no la soporto. Estoy pensando en cambiarme de taller. Me daría lástima porque hice muchos amigos y amigas ahí. Por eso lo estoy pensando. Mi psicóloga me dice que siga un tiempo más, hasta estar segura de lo que quiero. Creo que supone que mi relación con Marga es importante para mi autoestima, por el tema de mis viejos y todo eso. Yo no estoy de acuerdo pero no le digo nada. No se puede discutir con una psicóloga: a todo te lo interpretan al revés para que les cierre la teoría. En realidad, ahora que lo pienso, debería dejarla a ella también. Pero no sé.
Recién, mientras escribía el párrafo anterior, me interrumpió Mario para avisarme que mañana llega tarde porque sigue con líos en la oficina. Sería terrible que lo despidieran, sobre todo ahora que a mí me redujeron las horas en el negocio. No sé cómo terminará esto. Hace cinco años, cuando nos casamos, pensamos que íbamos a poder tener hijos pronto. Después le descubrieron ese problema de la esterilidad. Me acuerdo de la cara que puso cuando el médico le dijo. Se quería matar, pobre, sentía que no servía para nada. Yo trataba de levantarle el ánimo pero no había manera. No me hacía caso.
—¿Y si adoptamos? —me dijo unas semanas después. Quedamos en pensarlo. Después no volvió a mencionar el tema y parece que se lo hubiera olvidado. Ahora pienso que más vale no tener hijos, si la plata ni siquiera nos alcanza para nosotros dos.
El otro día escribí un cuento sobre una mujer que quería tener hijos y no podía. Lo redacté en tercera persona y a la protagonista le puse Alicia. El cuento se llamaba “Maternidad”. Lo llevé al taller y cuando terminé de leerlo algunos me elogiaron, recuerdo que a Romina le gustó mucho y también a Aníbal, un chico nuevo que escribe muy bien. Pero Marga no pudo con su genio y tuvo que hacerme un par de críticas. Le di la razón en todas las que no entendí, como para no quedar como soberbia, y le discutí las demás. Marga es muy cabeza dura y no cambió de opinión. En la pausa para tomar café, me llevó aparte y me preguntó:
—¿Todo bien?
Típico de falluta. No quise entrar en su juego. Le dije que sí.
—Te noto un poco rara últimamente y tu cuento me dio que pensar.
—A mí me parece que no te gustó para nada.
Ella siguió hablando sin prestarme atención.
—Vos sabés que yo te aprecio mucho —dijo—. ¿Mario cómo anda?
No sé adónde quería llegar pero le frené el carro enseguida.
—Muy bien, gracias.
Me observó con la mirada afectada durante unos instantes. Yo me detuve, como siempre, en la cadenita con los tres colgantes (nene, nena y nena) que lleva del cuello como un trofeo o una condecoración. Luego tomó mi mano entre las suyas.
—Si te puedo ayudar en algo, por favor contá conmigo.
No sé por qué le dije gracias otra vez, pero lo hice. Después se fue a hablar con algún otro y me dejó con toda la angustia encima.
El de Marga debe ser el quinto o sexto taller literario que visito. Ya perdí la cuenta. Uno de estos días debería largarme a escribir sola, pero la inconstancia... Papá respetaba mucho a la literatura. Mario no debe haber tocado un libro en los últimos veinte años, excepto cuando mueve los míos para hacer lugar en la mesita de luz. Sé que tengo muchas cosas para contar, bah, eso me dijeron más de una vez. Aunque Marga no quiera darse por enterada. Sólo yo conozco, por ejemplo, ese verano en que nos fuimos de viaje a la costa con Silvina, papá y mamá. Papá me mostró el horizonte sobre el mar y me dijo que los barcos vienen desde ahí. A mí me costaba imaginarme que el mundo fuera un lugar tan grande. Sigo siendo la misma, pero de eso nadie se da cuenta.
Mario me llama para ir a dormir. Le gusta que nos acostemos juntos.
—Ya voy —le digo.
Me siento sola.
Me pregunto si eso también lo debería escribir.

Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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