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Miércoles, 26 de octubre de 2005
Exacerbado de lirismo, un joven poeta escribe una serie de poemas acerca del tamaño de su miembro viril. Los distribuye entre sus amigos, algunos son publicados en revistas electrónicas y al cabo de un tiempo consigue editar su primer libro.
—Sos el sucesor de Q —le dicen—. Deberías llevarle tus poemas. Le van a gustar.
Q es un poeta vanguardista de renombre, perteneciente a la generación anterior, que tuvo su momento de gloria veinte años atrás. El joven poeta lo admira desde siempre. Lo vio en algunas lecturas de poemas pero nunca se atrevió a hablarle. Tal vez haya llegado el momento, piensa. Alguien le acerca el número de teléfono de Q. El joven poeta toma coraje y llama.
—¿Quién habla?
La voz de Q le suena imperativa, categórica hasta para formular preguntas. Frente a él, el joven poeta carece de orgullo. Le habla acerca de su libro, le dice a Q que lo considera su mayor influencia y tímidamente le pregunta acerca de la posibilidad de llevarle un ejemplar.
—Para que, si tenés tiempo y ganas, le puedas dar una mirada —dice.
Q le responde que por supuesto que sí, estaría encantado de leerlo y es un orgullo que el joven poeta lo considere una influencia. La conversación es breve pero amable. Se citan al día siguiente en un bar.
El joven poeta llega media hora antes con un ejemplar de su libro bajo el brazo. Fuma un cigarrillo detrás del otro para matar el tiempo. No va a venir, piensa, pero Q acude puntual a la cita. Lo reconoce de inmediato, con su cabello largo y canoso cayéndole sobre los hombros. Se saludan con afecto. El joven poeta procura que sus nervios no se vuelvan evidentes pero intuye que es en vano.
—A ver qué me trajiste para leer —dice Q después de beber el primer sorbo de café.
Mientras lee los poemas se muerde el labio inferior, entrecierra la mirada, tose dos o tres veces. No produce ningún gesto que pudiera interpretarse como agrado o desaprobación. El bar es particularmente ruidoso pero el joven poeta sólo escucha un silencio atroz. Al cabo de un rato (minutos, horas, quién sabe) Q lee en voz alta uno de los versos del poeta.
—Ése es un hallazgo —comenta con admiración.
Y sigue leyendo. El joven poeta se mueve incómodo en su silla. Siente un vacío en la boca del estómago, pero no dice nada. Al fin, Q deja de lado su libro y empieza a hablar:
—Son muy buenos, realmente. A tu edad yo hubiera dado una mano por escribir así.
Luego le hace algunas críticas.
—Nada grave —aclara—, sólo algunos consejos para tener en cuenta.
Anochece y siguen hablando. Antes de despedirse, el joven poeta se atreve y le pregunta a Q si no quisiera participar de la presentación de su libro, a realizarse en un centro cultural donde trabajan amigos suyos. Q accede encantado. Cuando se despiden, al joven poeta le queda la sensación de que por fin ha concretado algo.
La presentación del libro se lleva a cabo dos semanas después. La presencia de Q, anunciada mediante cadenas de mails y de un discreto aviso en el suplemento cultural de un diario, atrae a una gran cantidad de gente. En una sala acondicionada para treinta entran, a los empujones, casi sesenta personas. La velada se transforma para el joven poeta en un acontecimiento inolvidable. Cuando le llega el turno de hablar, Q elogia su obra con bellas y escogidas palabras. Lo señala como su sucesor y lee, con profunda entonación, algunos de sus poemas. A la madre del poeta se le escapa una lágrima desde la primera fila. Todos aplauden al final.
Se venden unos cuantos ejemplares. El joven poeta está exultante.
—No sé cómo agradecerte —le dice a Q.
—Seguí escribiendo —responde él.
El joven poeta amaga, no se decide, finalmente lo abraza. Q lo recibe de buen grado pero luego, en un instante fugaz, su mirada adquiere una tensión que hasta el momento no tenía. Antes de separarse, acerca los labios al oído de su sucesor y murmura:
—Pero yo la tengo más grande.
Y se va.
Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (0) | Referencias (0)