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Dragón del Mar

Martes, 25 de octubre de 2005

Otra fábula

Un reconocido psicólogo escribe un libro de autoayuda. El libro está pésimamente redactado, así que se lo entrega a un joven poeta para su corrección. El poeta hace lo que puede, cobra su dinero y el libro sale a la venta. La editorial lo publicita con bombos y platillos y se transforma pronto en un best seller. Su autor, a quien llamaremos X, se erige en figura mediática al poco tiempo. Notas a dos páginas en los diarios, conferencias para las señoras paquetas de Barrio Norte y entrevistas en televisión.
Para el segundo libro, X realiza algunos apuntes y se los entrega nuevamente al joven poeta, que se hace cargo de la redacción. Su nombre, por supuesto, no puede figurar en ninguna parte. El poeta se resigna —después de todo es un trabajo, piensa— y le entrega a X en pocas semanas el libro terminado, que es un éxito de ventas aún mayor que el anterior. Las tiradas se multiplican, la campaña publicitaria es enorme y el libro sale también en otros países de habla hispana, donde su repercusión es similar a la que tuvo en su lugar de origen. Las consultas de X valen una fortuna y se transforma en el psicólogo de la farándula. Cuida su figura pública con esmero porque sabe que su nombre ya es una marca que las editoriales y los medios se disputan con fervor.
El joven poeta, mientras tanto, publica una modesta colección de poemas en una pequeña editorial. Organiza lecturas junto a otros poetas amigos, abandona la poesía por el cuento breve y sueña con la gran novela que —se dice a sí mismo— alguna vez escribirá. No le comenta a nadie su relación con X, en parte por vergüenza y en parte porque cree que la noticia podría perjudicarlo. En voz alta protesta en contra de las editoriales transnacionales, las listas de best seller y del propio X:
—Es un chanta —le dice a quien quiera escucharlo, sin echar ninguna luz sobre el sentido último de sus palabras.
Cuando X lo llama para escribir su tercer libro, del cual esta vez ni siquiera se tomó la molestia de escribir algún apunte, el joven poeta le pide un aumento. X se niega.
—La cosa está difícil —argumenta—. La editorial se queda con la mayor parte de las ganancias.
Como el joven poeta tiene un alquiler que pagar, se resiste a dejar de lado su reclamo.
—No se puede —dice X, a estas alturas algo molesto por la insistencia—. Además, deberías tener en cuenta que la oferta de mano de obra es muy grande. ¿Cuántos conocidos tenés que podrían hacer tu mismo trabajo?
En este punto el joven poeta no sabe qué responder. Fuera de los diversos oficios que se vio en la obligación de desempeñar para sobrevivir, nunca se consideró una mera “mano de obra”... al menos en su trabajo como escritor. Después de todo, los libros de autoayuda también son de su autoría, ¿o no?
Al final acepta el trabajo y escribe el libro de un tirón, con ideas arrancadas de cualquier parte, y cobra su cheque que se empequeñece en su memoria a medida que el libro, pocas semanas después, escala en la lista de ventas. Entonces le llega otra oferta de X:
—Tendrías que escribir una columna para el diario, todas las semanas. No es muy difícil. Alcanza con que cites uno o dos filósofos por vez, no más porque la gente se confunde.
La paga es modesta, pero el poeta perdió su trabajo como oficinista así que se ve en la obligación de aceptar.
Durante dos años no hay novedades. X publica dos libros más, escritos por el joven poeta, y su éxito se consolida en todo el mercado de habla hispana. El poeta, mientras tanto, paga de su bolsillo la edición de su nuevo libro de cuentos. La distribución es reducida y el acontecimiento pasa desapercibido para todos salvo un par de amigos. El dinero no le alcanza para nada. Están a punto de echarlo de su departamento por falta de pago del alquiler. El joven poeta recurre a X, que una vez más le niega un aumento. El odio le nubla la mirada pero no los pensamientos. En esa turbulencia descubre la manera de devolverle a X el golpe. La venganza será dulce y total.
Al poco tiempo recibe el encargo de escribir un nuevo libro. Esta vez el joven poeta se toma su trabajo con tranquilidad. Recorre las librerías en busca de libros de autoayuda varios, elige uno en particular y vuelve a su departamento. Luego copia casi sin modificaciones el texto y le entrega, al cabo de dos semanas, el libro terminado a X. Éste lo lee y se entusiasma:
—Quedó mucho mejor que los anteriores —dice—. Te ganaste una propina.
Y le arruga al poeta un billete de cien pesos, además del cheque de siempre, en el bolsillo de la camisa. El poeta sonríe con una malicia que X no comprende, le agradece y se va. Llega a su departamento, borra de su computadora todos los archivos que pudieran llegar a comprometerlo, y se dedica a escribir por fin esa novela que hace tiempo se le había atragantado, donde relata la historia de un falso autor de autoayuda y su escritor fantasma. Unas semanas después el libro que lleva el nombre de X se publica pero el poeta ni se entera. No enciende el televisor, no lee los diarios, no sale de su departamento más que para comprar lo indispensable con el dinero de su último cheque. Suena el teléfono, suena el timbre pero él no atiende. Hace frío afuera del departamento, piensa, pero adentro él siente calor.
—Yo me dedico a la ficción —dice muchos años después, cuando alguien le pregunta cuál es el oficio que ejerce.

MORALEJA: No la hay.

Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

Bien. Muy bueno. Siempre lo supimos. Es así. Somos eso. Lo mejor de todo es que ahora lo podemos empezar a disfrutar.

Juan | 26-10-2005 02:35:53

Gracias. Por supuesto que sí. Si otros disfrutan, ¿por qué nosotros no?

Dragón del mar | 26-10-2005 17:44:56

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