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Dragón del Mar

Viernes, 21 de octubre de 2005

Una fábula

El joven poeta vagaba por los caminos a la espera de nuevas aventuras que exacerbaran su imaginación. En eso se le cruzó un ovejero alemán que, meneando la cola, le preguntó:
—¿Buscás minas?
El poeta respondió que sí.
—Seguime entonces —dijo el perro y lo condujo por un sendero que se internaba en lo más profundo del bosque. Una o dos veces el poeta intentó iniciar algún tipo de conversación, pero el ovejero parecía demasiado concentrado en no errar el camino. Al cabo de casi una hora de caminata llegaron a un claro en el bosque.
—Ahí están —declaró el perro con orgullo, señalando el sendero con su pata izquierda.
Y en efecto, sobre la tierra y el pasto resecos del claro, yacía una cantidad innumerable de mujeres que volvieron la mirada para contemplar extasiadas el porte esplendoroso del poeta.
—¡Muchas gracias! —le dijo éste al perro, al tiempo que se dirigía al encuentro de las ninfas. El ovejero alemán le guiñó un ojo antes de volver a internarse en la espesura.
Nada hacía sospechar lo peor. Tres metros separaban todavía al joven poeta de sus mujeres cuando su pierna derecha se enterró hasta la rodilla en una montaña de excremento canino disimulada por una mata de pasto y hojas secas.
Algunas mujeres arrugaron la nariz, otras rieron y dos o tres huyeron despavoridas cuando el poeta intentó el más tímido de los acercamientos. Viendo que su derrota ya era irremediable se alejó, como quien dice, con la cola entre las patas. Pero no conocía el camino de regreso así que terminó la tarde solo, perdido en el bosque y mascullando:
—Perro de mierda y la puta que te parió.

MORALEJA: Nunca confíes en un perro que habla.

Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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