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Jueves, 20 de octubre de 2005
Un día, en una de esas largas e indolentes tardes de oficina, realicé el ejercicio narcisista de poner mi nombre en el Google. Apareció un listado de cinco o seis páginas con Sebastianes Robles que, en la gran mayoría de los casos, no eran yo. Uno en Alemania, algunos en México y muchos en Estados Unidos. Lo que más me llamó la atención fue descubrir un homónimo que se dedicaba a escribir artículos trotskistas en la red. Éste era, sin lugar a dudas, el Sebastián Robles más prominente de todos los que formábamos parte de aquel selecto grupo. Según pude enterarme a poco de iniciar la investigación, es el editor de un periódico de izquierda en la ciudad de San Francisco, Estados Unidos. Una o dos veces por semana publica columnas en español y en inglés. Probablemente, de no estar firmadas por Sebastián Robles, ni siquiera me hubiera detenido en ellas. Pero me gustó la idea de tener un homónimo utópico e idealista. Tal vez pudiera aprender algo de él.
El segundo paso fue el más revelador. Siguiendo la pista, llegué al sitio de otro periódico de San Francisco donde había una entrevista a un tal Carlos, que se decía activista de izquierda, editor del diario que leí primero, y terminaba afirmando que Sebastián Robles era su seudónimo, es decir, que el susodicho no existía en la realidad. Acto seguido, le escribí un mail reclamando mi nombre como propiedad exclusiva y preguntándole el por qué de tan alevosa usurpación. Carlos me respondió informándome que Sebastián Robles fue un combatiente de la guerra civil mexicana. Tras intercambiarnos algunos mails, siempre en español, me comentó que al mes siguiente tenía pensado visitar Buenos Aires y me pidió mi número de teléfono para organizar un encuentro. Yo se lo envié y durante un tiempo me olvidé del asunto.
Un mes después, la telefonista del lugar donde trabajo atiende un llamado y me dice:
—Che, acá hay un tipo que se llama igual que vos.
—Pasámelo.
Yo me esperaba un acento centroamericano, pero Sebastián Robles (o Carlos Fulano, a esta altura ya no sabía ni con quién estaba hablando) hablaba en perfecto porteño. Me contó que había llegado dos semanas atrás, que tuvo muchos compromisos y por eso no me llamó antes, y que al día siguiente volvía a San Francisco. Quedamos en encontrarnos en un bar de Congreso. Antes de despedirse me advirtió que no estaba solo, sino que dos Sebastianes Robles más lo acompañaban.
—Nos vas a reconocer en seguida porque uno de nosotros es un vikingo, con el pelo rojo y largo. La otra es una mujer y el tercero soy yo, un petiso gordito.
Llegué puntual a la cita y ellos ya estaban ahí. En efecto, no me costó reconocerlos. El vikingo medía casi dos metros de alto y no hablaba español. Carlos, el petiso gordito, se acercó hasta mí y me saludó con un abrazo. Los demás también fueron cordiales. La mujer era mexicana. Sospeché que era la pareja de Carlos, pero no lo pude confirmar. Me senté junto a ellos y prolongué el saludo, temiendo que más adelante no supiera de qué hablar. Les mostré mi cédula de identidad. Los tres rieron al unísono y Carlos bromeó diciendo que, si escribían algo inapropiado, el que iría en cana sería yo. A mí no me causó gracia, pero de todas maneras esbocé una sonrisa o algo así.
—¿Cuál de todos ustedes es Sebastián Robles? —pregunté.
Carlos me contestó que los tres utilizaban el mismo seudónimo para escribir. Me contó, además, que la entrevista suya que yo había leído, donde se develaba el misterio de su identidad, era apócrifa y había sido publicada por un diario de la derecha de San Francisco con el solo propósito de burlarse de ellos. Quise saber algo de su vida, me intrigaba la presencia de este argentino transformado en activista político de izquierda en los Estados Unidos. Me contó que había sido periodista en la época de los setenta, que estuvo desaparecido y que cuando lo liberaron emigró a San Francisco, donde vive desde entonces. El tipo me caía definitivamente bien. Hablamos un rato de la situación política en Estados Unidos, a lo cual el vikingo asentía como si entendiera algo de lo que estábamos hablando. Al cabo de una hora me invitaron a una pizzería que quedaba cerca. Por supuesto, acepté.
La conversación, pizza de por medio, derivó hacia otros aspectos de sus vidas como militantes. Los encontré lúcidos, algo que no me sucede cuando hablo con algún militante de la izquierda nuestra. Precisamente, discutimos acerca del problema de la izquierda en Argentina y me comentaron que estaban intentando establecer vínculos con algún partido de acá. Sólo habían encontrado uno, cuyo nombre no recuerdo, que coincidía con alguno de sus postulados. Carlos me preguntó si les podía pasar mi teléfono para que se pusieran en contacto conmigo. Le contesté que sí. Nos despedimos a la madrugada, bajo una llovizna tibia, prometiendo volver a vernos pronto. El vikingo me dio la mano, la mujer me dedicó un guiño de ojos. Creo recordar que dije “Hasta la victoria, siempre”. Pero espero que mi memoria me esté traicionando.
Dos semanas después recibí otro llamado. Era de una chica, que por la voz no tendría más de veinte años, diciéndome que pertenecía a “la Agrupación” y que quería tener un encuentro conmigo. Nos vimos en un bar de Callao y Santa Fe. Estudiaba Sociología, o algo así, y me propuso encontrarnos cada tanto para conversar de política. Me trajo folletos de su agrupación para que los leyera “en casa, con más tranquilidad”. A esta altura, el asunto ya me había empezado a aburrir. Ni siquiera sabía cómo había llegado hasta ahí. La chica me dijo que Sebastián Robles les había dicho a ella y a sus compañeros que yo podría ser un buen cuadro. Intenté explicarle que Sebastián Robles era yo pero no sé hastá qué punto creyó en la coincidencia. Quedamos en vernos la semana siguiente.
—Yo te llamo —dijo.
En ese momento, deseé que perdiera mi teléfono para siempre.
Estuve esquivando sus llamados durante casi un mes, hasta que al final accedí a otro encuentro. Esta vez fue en San Telmo. Me ofreció escribir en el periódico que editaban pero yo argumenté que no tenía tiempo. Le dije que valoraba su entrega por una causa —cosa que era cierta—, pero que yo no me veía trabajando con ellos. Al rato cayó su novio y pedimos unas cervezas. Nos hicimos amigos con tanta rapidez, que nunca más nos volvimos a ver.
Con Carlos me escribí un par de veces por mail pero al final también me cansé. Recibí un correo suyo hace poco, preguntándome cómo andaba, y no le respondí. No sé dónde estará él ahora, supongo que manifestando contra Bush con el vikingo lacónico de guardaespaldas, pero les deseo a todos ellos lo mejor. Yo sólo quise averiguar qué había detrás de mi nombre y ahora lo sé: hay una corporación trotskista a escala global.
Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (2) | Referencias (0)
uh·······!
yo creia q las recomendaciones de Encuadrar a alguien ya no se estilaban. buenìsimo relato. Me imaginè que siguiera mucho, que se hiciera un cuento de manipulaciones a escala de Recomendacion, bue. etc.
paula | 21-10-2005 22:19:55
Es verdad, estaría bueno que continúe! Pero para este relato traté de mantenerme fiel a la realidad.
Ya lo seguiré en algún momento, si es que tengo novedades o si me ayuda la imaginación.
Dragón del mar | 22-10-2005 02:28:51