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Sábado, 26 de agosto de 2006
Después de tanto silencio, vuelvo a aparecer... si es que alguien todavía se da una vuelta por estas páginas, ahora pueden encontrarme en un nuevo blog, que abrimos en conjunto con mi amigo Playmobil.
Por: Sebastián Robles | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Viernes, 17 de marzo de 2006
No recuerdo con claridad cuándo empezaron las pesadillas. Sólo sé que fue unos meses antes de separarme de Martín, después de dos años de salir con él. Me despertaba en medio de la noche, con el frío todavía corriéndome por la espina dorsal y la vaga conciencia de que había estado aterrorizada hasta unos segundos atrás. Cuando me esforzaba por recordar el sueño sólo venían a mi mente algunas imágenes sueltas: un hombre de espaldas, sangre seca y sucia y mi antigua casa desolada en Villa Ballester. En ese momento lo atribuí a que mi relación con Martín andaba mal. Un día me enteré, a través de una amiga que los pescó caminando por la calle sin que ellos la vieran, de que me estaba metiendo los cuernos con una compañera del trabajo. Antes de dejarlo salí una noche con un profesor que me había venido tirando onda sin disimulo durante meses. No porque el tipo me interesara sino porque sentí la urgencia de hacerlo, era una manera de decirle: ya fue, no sos el único que lo puede hacer. Martín no supo que me había enterado de su infidelidad hasta que yo misma se lo dije en la cara. Él, por supuesto, lo negó. De cualquier manera nos separamos, la cosa no daba para más.
Mientras tanto, la tía de Romina quería vender el departamento así que nos tuvimos que mudar. Mis viejos ahora vivían en San Isidro, en una casa aún más grande que la de Ballester, y yo volví con ellos. Primero pensé que sería sólo durante unos meses, hasta que consiguiera algo para alquilar, pero los meses se fueron prolongando y cuando quise darme cuenta ya estaba instalada y sin ganas de moverme de ahí. Era mucho más cómodo y cuando buscaba independencia, de una manera u otra la encontraba. Me recuperé bastante pronto tras de la ruptura con Martín. Estaba como blindada y me decidí a hacer cosas, a no estancarme porque sabía que eso podía ser fatal. Entonces terminé la carrera, encontré trabajo como diseñadora en una empresa grande, empecé a ganar bien. Salía con frecuencia y tenía una agitada vida social, incluyendo algunas historias más o menos pasajeras con tipos cuyos nombres prefiero olvidar. Al final mis viejos me regalaron un departamento en Palermo. Yo me reía pensando que lo hicieron porque querían que me fuera y los dejara en paz. Me volví escéptica y lo aceptaba con resignación. En eso me diferenciaba de Romina, que se había casado y ya tenía su primer bebé. En el fondo estoy esperando que venga un hombre y me cambie todo, le dije una vez y ella me dirigió una mirada que no supe interpretar.
Poco después apareció Damián. Lo conocí en el lugar menos esperado, la fiesta de quince de una prima mía a la que había ido pura y exclusivamente porque no podía zafar. Era el hijo de unos amigos de mis tíos, tenía la misma edad que yo y repartía su tarjeta de abogado entre sus interlocutores eventuales. Al rato de que nos presentaron dijo que vivía en Ballester y que acababa de abrir su estudio ahí. Soy del fuero civil, aclaró. Divorcios, sucesiones y ese tipo de cosas. No tiene sentido ser penalista en Ballester, de ésos hay en Capital o a lo sumo en San Martín. Yo asentí como si me interesara lo que estaba diciendo, pero al cabo de unos minutos me di cuenta de que me interesaba de verdad. Para entonces había abandonado las grandes pretensiones. Me lo imaginé tratándome bien y sacándome a pasear. Se parecía un poco a mi papá, ésos tipos que llevan adelante una vida donde no ocurre nada importante excepto tener hijos y trabajo y una casa linda en donde estar. Tipos que progresan sin estridencias y por los carriles habituales. Serán un poco obsesivos con algunas cuestiones, pensé, pero no joden demasiado. Además yo no me sentiría en la obligación de modificar nada importante de mi vida para salir con él. Lo vi desnudo durante un segundo, como en un relampagueo fulminante, y en ese aspecto tampoco me pareció mal. Cuando terminó la noche me insinuó la posibilidad de volver a vernos y le di a entender que yo estaba de acuerdo. Parecía contento aunque se esforzaba por disimularlo, como si para él representara una gran cosa salir conmigo. En eso también me gustó.
Me invitó a cenar la semana siguiente al mejor restaurante de Ballester. La noche anterior había soñado que ese restaurante se incendiaba. Fue cortés y me dirigió dos o tres indirectas cuidadosamente calculadas, como si las hubiera estado pensando desde la otra vez que me vio. Después me llevó a casa y se despidió con un beso en la mejilla pero ahora ninguno de los dos esperaba que sucediera nada. Pasó el tiempo y al cabo de un par de salidas me besó en los labios. Unos días más tarde nos fuimos a la cama y estuvo bien. Me resultaba natural enamorarme de él. Al año y medio de estar juntos nos comprometimos. Yo dejé mi departamento de Palermo, que le alquilé a una pareja de amigos, y me instalé en su casa. Mi trabajo seguía adelante, no se estancó pero progresaba más despacio que el suyo, que iba cada vez mejor. Aprendí a cocinar, hicimos planes a largo plazo. Una noche soñé algo horrible y al día siguiente nos casamos por civil, después por iglesia y nos fuimos de luna de miel. No me dejes nunca, me susurró Damián en un hotel de Brasil. Sus palabras, pronunciadas entre el ruego y la amenaza, el anhelo y una intensa desesperación, me llegaron en el momento más imprevisto. Lo tenía adentro y arriba mío, con mis piernas enlazando sus caderas y sus labios adheridos a mi aliento. Nos cruzamos las miradas un segundo. Me esperaba. Parecía que su vida entera dependiera de mi contestación. En otras oportunidades me había dicho lo mismo. La diferencia era que esta vez iba en serio, tanto que yo misma me inquieté. Quise imaginarme cómo serían las cosas si no respondía lo esperado. Entonces cerré los ojos. Nunca, dije, y me deslicé en su oscuridad. Después de aquella vez no volvimos a mencionar el asunto. Una semana más tarde regresamos a casa. Al resto se lo pueden imaginar solos. En mi sueño —en todos mis sueños— estoy en una Ballester desierta donde las casas y las calles son fantasmas y no tengo adonde ir. Escucho pasos de alguien que se acerca, a veces una voz difusa y grave hablando de algo que no entiendo, en todos los casos una puerta abriéndose. El final no cambia nunca: me asomo y lo veo todo, tengo la desgracia y el horror de verlo todo, y empiezo a gritar.
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Martes, 14 de marzo de 2006
El viaje me había cambiado la cabeza. Con Romina decidimos irnos a vivir juntas. Conseguí un trabajo como camarera de un bar y mis viejos me daban algo de plata por mes. La tía de Romina tenía un departamento vacío en Belgrano, que nos alquilaba barato, y nos instalamos ahí. Ése fue un gran año y lo pasé sola y con Romina y con un par de amigas más. Tuve dos o tres romances que duraron menos que un suspiro, pero estaba bien así. Los domingos me iba a Ballester a visitar a mi familia, que era como volver varias décadas atrás. Aprobé todas las materias en la facultad y cambié mi empleo de camarera por uno mucho mejor, en una casa de fotocopias donde a veces hacía trabajitos de diseño. En el verano arreglamos con Romina y otra amiga para irnos juntas a Pinamar. Una semana antes de viajar me crucé por la calle con Martín, el chico que tenía onda conmigo en el hostel de París. Él me reconoció primero. Al principio yo me quería matar. Me había mandado dos o tres mails que nunca respondí y no tenía ganas de inventar ninguna excusa. Por suerte no me hizo comentarios al respecto. Ya no me pareció cínico y de tímido tenía muy poco. Me sorprendí pensando que, en realidad, ni siquiera me caía tan mal. Al punto de que cuando me invitó a salir con él, el fin de semana siguiente, no tuve inconvenientes en responderle que sí. Después me arrepentí pero no soy de cancelar citas a último momento. En el peor de los casos, pensé, le digo que tengo que volver temprano y chau. Me vestí bien pero con mucha discreción y esperé a que me pasara a buscar. Vino con un Gol alucinante, que olía a nuevo por todas partes. Se lo habían regalado los viejos, dijo, pero él igual quería devolverles una parte de la plata. Estudiaba comercio exterior, era geminiano y bastante fachero, un aspecto en el que me hacía acordar al tano. Me llevó a cenar y después a tomar algo. En ningún momento me dio la impresión de que se me quisiera tirar encima, como me había pasado antes —y me siguió pasando después— con otros tipos. Más bien todo lo contrario, a pesar de su amabilidad. Me resultó soberbio, un defecto que me produce rechazo en otras personas pero que a él le quedaba bien, quizás porque lo llevaba adelante sin ignorarlo, como si fuera una virtud. Yo me enganchaba de su discurso y eso me hacía sentir especial. Era cómodo estar ahí. Hablar de los demás como si todos, salvo él y yo, formaran parte de una gran equivocación. Sospeché, durante esa primera cita, que si llegaba a tener algo con Martín él iba a hacer lo imposible para sustentar la arrogancia que le encantaba exhibir. Después de tanto tiempo pienso que esa imagen, a la que ahora siento como una foto trucada, era lo único real en él. Cuando terminó la noche me llevó a casa, yo le pregunté si quería pasar a tomar algo, él me dijo que se le hacía tarde. Nos miramos en silencio durante unos segundos que parecían decisivos hasta que me besó en la mejilla para despedirse. Llamame cuando vuelvas de Pinamar, dijo como podría haber dicho cualquier otra cosa, y eso fue todo por aquella vez.
Durante las vacaciones me resultó imposible dejar de pensar en él. Intercambiamos algunos mails bastante sugerentes, yo soñaba con que Martín viniera a visitarme un fin de semana, pero al final no pasó nada hasta que volví a Buenos Aires dos semanas después. Romina cuenta que yo estaba insoportable con ese tipo y creo que tiene razón. Llamó al tercer día de mi regreso y quedamos en vernos esa misma noche. Amanecimos al día siguiente, los dos enredados en la cama del departamento de Martín. Nos despedimos sin promesas de volver a vernos y eso me mantuvo en vilo durante una semana, hasta que me llamó otra vez. Durante cinco o seis meses seguimos igual, pasando juntos una noche cada tanto. No tuve ninguna otra relación, prolongada en el tiempo, en la que el sexo ocupara un espacio tan vital como con él. Todo lo que hacíamos resultaba ardiente y fuera de lo normal. Pero cada vez que yo quería planificar algo, aunque más no fuera una salida para la semana siguiente, Martín se ponía en guardia, endurecía los músculos, me decía que no sabía o que lo teníamos que hablar cuando llegara el momento. Esas reacciones me enloquecían y entonces lo odiaba y decidía que no lo quería ver nunca más, hasta que poco después él me llamaba o yo lo llamaba y nos volvíamos a encontrar. Un día tuvimos una discusión más fuerte de lo habitual, yo me fui de su casa dando un portazo y pensé que todo había terminado. No quería aparentar ninguna debilidad frente a él, no se lo merecía, pero anduve por el suelo hasta que un día lo encontré esperándome en la puerta de mi edificio. Me dijo que lo había pensado bien. Que no podía estar sin mí. Por primera vez reconoció que le pasaban cosas conmigo. Me arrepentiría toda mi vida si te dejo ir, argumentó. Y al cabo de un largo rato de promesas y declaraciones, le creí.
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Lunes, 13 de marzo de 2006
Aterrizamos en Barcelona y nos fuimos directo al hostel donde teníamos dos camas reservadas. La idea era viajar dos meses por Europa, con el Eurail Pass. Estábamos a fines de diciembre y queríamos pasar el año nuevo en París. Al principio fue duro. La segunda noche, en la Rambla, nos robaron los cheques de viajero. Pensamos que Europa era un callejón oscuro en donde no debimos habernos metido. Lloramos un poco, maldijimos nuestras suertes y seguimos adelante. El año nuevo fue genial. Conocimos a un grupo de chicos argentinos y al cabo de dos horas ya éramos amigos. Había uno, Martín, que tenía onda conmigo. Romina me lo señaló la misma noche en que lo conocimos. Yo sospeché que tenía razón pero no quería saber nada con él, que por suerte igual no se me acercaba demasiado. Hacía muchas bromas, se las daba de cínico, pero yo creo que todos los cínicos son tímidos en el fondo. En Brujas nos separamos. Él y su grupo se iban para Bruselas y nosotras nos queríamos ir directo a Berlín. Seguimos en contacto por mail, dijimos. Quién sabe, en otro punto del viaje nos podamos volver a cruzar.
Después conocimos a tanta gente que nos olvidamos de ese grupo. Romi se metió con un australiano que era surfer y maestro de escuela, macanudo hasta el punto de que todo parecía darle igual. Salíamos de a tres en Praga por los bares, ejercitando nuestro inglés, hasta que en un determinado momento yo me iba a dormir. Budapest fue igual y en Viena, por suerte, se separaron. Romi no se lo bancaba más y yo estaba contenta de recuperar a mi amiga. Además ya nos estábamos acercando a uno de los destinos más esperados de nuestro viaje, que era Italia. Fue, por mucho, el país de Europa que más nos gustó a las dos. A la noche nos dolían los pies de tanto recorrer museos pero igual, de vez en cuando, salíamos a bailar. Ya lo éramos desde antes, pero durante esas semanas en Italia nos hicimos amigas hasta lo más profundo con la flaca. Y en Milán lo conocí a Antonio y entonces mi viaje cambió. Fue en una discoteca, una noche de fines de enero, pero hasta el tercer día no pasó nada. Antonio estudiaba arquitectura en el Politécnico y vivía solo en un pequeño departamento del centro de Milán. Tenía las paredes de un blanco muy profundo, como de un papel indescriptible, y muy pocas cosas además del equipo de música, algunas velas y la cama. Me llevó una noche y desde entonces no volví a dormir en el hostel, donde nos habíamos hecho amigas de otro grupo de argentinos. Romi tenía mucha onda con uno de los flacos y quería seguir viaje con ellos hasta España, así que decidimos separarnos. Nuestros pasajes de regreso estaban fechados para dos semanas más tarde en Madrid, donde nos encontraríamos un día antes de la vuelta a casa. Nos dimos un abrazo interminable con Romina en el andén, cuando la fui a despedir. Después volví al departamento de Antonio. Esas dos semanas con él fueron un sueño con todo lo que ello implica, incluso la duda de si las cosas sucedieron tal y como las recuerdo yo. Antonio tenía eso que tienen los tanos y que, sobre todo después de Daniel, despertaba mi fascinación: te tratan como a una reina pero al mismo tiempo te dejan la vaga sensación de que en realidad no les importás tanto. Yo ni siquiera me preguntaba si estaba enamorada de él. En todo caso era un amor pequeño, hecho de cosas diarias y pequeñas a su vez, que no excluía la posibilidad (o la certeza) de la separación. De día dormíamos o recorríamos el Milán de los italianos, no el que estaba hecho para los turistas, y por las noches salíamos a cenar o a tomar algo, hacíamos el amor, volvíamos a dormir. Antonio estaba preparándose para un examen y a veces yo salía a pasear sola, entonces aprovechaba para hablar por teléfono con mi familia y contarles lo bien que la estaba pasando en Valencia o Salamanca, con Romina, y que los extrañaba mucho aunque todavía no tenía ganas de volver.
Pero al final llegó la última noche. Los dos estábamos tristes, para qué mentir, la aceptábamos como una etapa inevitable en nuestra relación que de ahí en más se abría a un mar de posibilidades que por momentos daban vértigo y en otras ocasiones, de sólo pensarlas, me hacían vagamente feliz. Fuimos a escuchar música en un bar que nos gustaba, a la vuelta del departamento de Antonio, conversamos acerca de un posible viaje suyo a Buenos Aires cuando terminara la carrera, un año después. Él me regaló una cadenita con un colgante que aún conservo y yo le había comprado un reloj con la extensión de la tarjeta de crédito de mi papá. Tenía que rendir su examen al día siguiente de mi partida, yo empezaba las clases una semana después y ésas eran las señales, débiles pero eficaces, de que el mundo seguía su curso. Me acompañó hasta la estación terminal de Milán, nos abrazamos y ninguno de los dos lloró. Esperamos hasta último momento y yo me subí al vagón que me correspondía. Lloré después, en el baño del tren, pero cuando me encontré con Romina en Madrid ya me sentía mejor. Salimos de compras, nos contamos todas las anécdotas que nos habían quedado pendientes y cuando quisimos darnos cuenta ya era hora de tomarse el tren al aeropuerto. En el otro extremo de ese vuelo, sucias y desesperantes, me esperaban otra vez las veredas de Ballester.
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Sábado, 11 de marzo de 2006
Todo empezó con Santiago aunque si lo pienso bien había empezado antes, mucho tiempo atrás. Con él estuve dos años, hasta que terminamos el secundario. Éramos compañeros de la misma división. Después, no sé, la vida nos fue llevando a cada uno por su lado, conocimos otras personas, de repente ya no estaba bueno andar todo el tiempo juntos y era difícil, teníamos que coordinar horarios insufribles para vernos. Él trabajaba en un call center del centro y cursaba el CBC de Letras en Drago, mientras que yo me metí a estudiar Diseño en la U.B. Tuvimos algunas discusiones fuertes, yo lloré como una condenada, él se empecinaba en no cortar pero la historia terminó y creo que con el tiempo —a veces me lo cruzaba por la calle en Ballester— los dos llegamos a la conclusión de que fue lo mejor que pudimos haber hecho. Yo lo sigo queriendo mucho pero éramos muy distintos y la relación no daba para más. Por otra parte, creo que una recién entiende lo que es (o lo que fue) el amor cuando se separa por primera vez.
Después de Santiago las aguas se aquietaron por un rato. Yo salía mucho con las chicas, nos juntábamos en la casa de alguna y al cabo de un par de horas nos íbamos a Olivos o a Belgrano a bailar. Algunas veces tomaba mucho alcohol y después me transaba a algún flaco, en esa época me daba por los rugbiers pero con el paso de los meses esa vida me empezó a aburrir. Necesito estar sola, pensé, sola de verdad. Entonces lo conocí a Daniel. Me lo presentó Florencia, una compañera de la facultad. Lo que sucedió después debe haber opacado de alguna manera los primeros momentos, porque ya no recuerdo qué fue lo que me atrajo de él. Que era distinto, supongo, o algún otro razonamiento por el estilo. En aquel tiempo me parecían importantes ese tipo de cosas. Daniel tocaba la guitarra en una banda, vivía con dos amigos y era bastante drogón. En pocas palabras: el estereotipo de lo que mis viejos no querían para mí. Me acuerdo como una se acuerda de las pesadillas o los sueños, esos lugares imposibles que sin embargo habité, de algunas escenas desparramadas como basura suelta acá y allá. Daniel reprochándome las horas muertas que pasaba sin él, los vestidos que me ponía y él juzgaba cortos, las salidas cada vez menos frecuentes en las que no lo hacía participar. Yo estudiando Diseño I en la casa de una compañera de la facultad y Daniel llamando cada veinte minutos hasta que dejaba todo para que me pasara a buscar. Daniel llorando, aborreciendo a mi familia y mis amigas que le hacían el vacío, acusándome de que lo estaba dejando solo y yo tomándome ese tren para ir a verlo una y otra vez. Y también me acuerdo —mi memoria en esta parte es una araña— de que yo me estaba aislando, el espacio se me hacía muy chiquito y no encontraba la manera de salir. Entonces mis viejos me regalaron el viaje a Europa. Romina, mi mejor amiga, también viajaba y se les ocurrió que era una buena idea que yo la acompañara. Al principio me resistí, pero entre mamá y Romina terminaron convenciéndome. Aunque también pienso que yo quería dejarme convencer. A Daniel la idea le cayó como una bomba. No te vas a ningún lado, dijo, y ese fue el final. Al menos para mí. Porque a él la idea de final no le cerraba. Me seguía por la calle, me llamaba, hablaba hasta con mi mamá que lo despreciaba sin ningún disimulo. Me decía que se iba a suicidar y yo cargaba con el peso de la culpa y aún así de los preparativos para el viaje. Al final me fui. Cargué mi mochila y me fui. Papá me llevó en auto, me encontré con Romi en Ezeiza y me fui.
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Miércoles, 08 de marzo de 2006

Una vieja leyenda familiar, que estimo real, sitúa el primer encuentro de mis viejos en una sala de cine en donde ambos habían ido a ver Amarcord de Fellini. Los imagino jóvenes e inciertos, discutiendo de cine y vestidos con una ropa lejana, indescriptible. Quizás por este influjo, aunque me gustaría pensar que se trata de una afinidad electiva, Fellini fue desde siempre uno de mis directores preferidos. Recuerdo vagamente las imágenes de sus películas en los primitivos VHS que alquilábamos en un videoclub del barrio, que regresan por momentos como un sueño que se sintoniza mal. Y quien dice Fellini dice circo, que era para mí su traducción a la vida real. Yo nunca había estado en un circo. Un día se instaló una carpa en mi barrio, al costado de una ruta, en uno de los baldíos donde tuvieron lugar los fusilamientos del 56.
—No está bueno el circo —dictaminó mi viejo.
—Dale, vayamos igual —dije yo.
Me costó convencerlo. Al final fuimos los dos solos un domingo a la tarde, todavía aturdidos por la siesta. Había llovido hasta el mediodía y el aire estaba espeso de humedad. La remera se me pegaba al cuerpo, la espalda contra el asiento del auto y el asfalto resplandecía de viscosidad y sol. Al costado del circo había un estacionamiento. El tipo que lo cuidaba masticaba un escarbadiente y guardaba a un costado, entre sus pertenencias, un cartón de vino Termidor. Cuando mi viejo se acercó a pedirle que le preste especial atención al coche, un Renault que llamábamos la Batata y al que no le cerraban bien las ventanillas de adelante, el tipo le respondió que se quedara tranquilo mientras miraba constantemente hacia algún otro lugar. Parecía que estaba esperando a alguien, escapando de algo o ambas cosas a la vez.
—Lo mejor va a ser que salgamos rápido, ni bien termine la función —dijo mi viejo mientras caminábamos hacia la carpa, sin perder de vista al auto que se iba quedando atrás. Lo noté inquieto y pensé que estaba esperando que le dijera que volviéramos a casa o nos fuéramos a otro lado (me lo imaginé diciéndome: "te alquilo dos películas en el videoclub"), pero yo enmudecí.
Cuando entramos en la carpa descubrimos que las gradas estaban casi desiertas aunque ya faltaba poco para el inicio de la función. Nosotros nos ubicamos en el centro, no tan lejos que no se pudiera ver nada pero lo suficientemente atrás como para que a ningún mago se le ocurriera hacernos subir al escenario. Los asistentes, que eran en su mayoría familias con hijos chicos, exhibían una moderada expectación. A un costado pasó un viejo que cojeaba y parecía salido de una película de terror. Pensé que formaría parte de la función hasta que me di cuenta de que estaba vendiendo pirulines y garrapiñadas.
—¿Me comprás? —dije.
Mientras comía las garrapiñadas en silencio creí descubrir la silueta de un payaso detrás de las bambalinas. ¿Se habría enamorado de una de las trapecistas en algún momento de su vagabundeo permanente? Recordé las imágenes de Fellini otra vez. El circo era la promesa de algo incierto, como si tuviera demasiado sentido que estuviéramos ahí. Tanto, que no podía ser real. Presa de un inesperado vértigo me apreté contra mi viejo. Él me miró.
—Cuando era chico a mí también me gustaba el circo —dijo concediéndome algo de razón.
Y cuando terminó de hablar, como si lo suyo hubiera sido el preludio que andaba faltando, unos redobles de tambor nos indicaron que daría comienzo la función. Dos payasos aparecieron en escena. Esto me gusta, pensaba yo. Pero al cabo de un rato me invadió la desesperación. Del espectáculo sólo voy a decir que el enano que cantaba tangos era el mismo que, con distinta ropa, tragaba fuego y les tiraba boleadoras de colores a los chimpancés. Había un león que se llamaba León y la trapecista me hacía acordar a mi vieja cuando se ponía los pantalones cortos de entrecasa. Difícilmente se tejiera algún romance entre los miembros de la troupe. Más que artistas y bohemios parecían los fugitivos de algún penal.
Cuando salimos ya estaba anocheciendo y caminamos en silencio hasta el auto.
—¿Viste? —comentó mi viejo que a pesar de todo lucía más desconsolado que yo— Te dije.
Yo me encogí de hombros. El cuidador de los autos todavía estaba ahí. Le dimos unas monedas y el tipo nos agradeció con vehemencia y le dijo a mi viejo que, si algún día pensaba vender el auto, lo fuera a ver a él. Mientras nos alejábamos observé que ahora estaba acompañado por una mujer que, secándose los labios con el dorso de la mano, le alcanzaba una botella de vino a medio tomar.
—Lo que pasa es que este circo era muy malo —suspiré.
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Sábado, 04 de marzo de 2006

Terminé el colegio a comienzos de la democracia y me dediqué a estudiar actuación y a participar en cuanta obra de teatro se me cruzara de por medio. Nunca fui un actor de carácter ni me interesó serlo, pero me cagaba de risa arriba del escenario y eso me transformaba en el candidato ideal de las puestas más extravagantes. Así, de alguna manera, llegué al Parakultural. Era un verdadero foco de resistencia y libertad. Batato nos cambió la cabeza a todos. Hicimos una obra, escrita en forma colectiva, sobre los milicos donde mezclábamos el teatro de la crueldad de Artaud con el grotesco criollo y el carnaval carioca. La encarga-da de la escenografía, una chica esquizofrénica de enorme talento y gusto exquisito, hizo la ambientación con materiales recogidos de la calle: cartones, chapas, televisores rotos, etc. Durante la función hacíamos mucho ruido, el público bailaba y saltaba con nosotros. Te-níamos problemas con los vecinos, los acusábamos de fascistas, pero nos vino a ver mucha gente y eso era lo único que nos importaba. Mientras tanto yo vivía en un monoambiente, trabajaba de cadete y me resultaba imposible llegar a fin de mes. Una tarde, un chongo al que había conocido en el Parakultural y que laburaba en ATC me dijo que lo fuera a ver, que tenía un trabajo para mí. Entonces me enteré de lo del nuevo programa de la Giménez. Buscaban actores que no le hicieran sombra, es decir que buscaban cualquier cosa, y yo me quedé con uno de los puestos. Así fue como me hice Susano y a partir de entonces todo cambió.
El trabajo era sencillo y no tenía muchas exigencias. La gente me empezó a reconocer por la calle y yo disfrutaba de esa súbita notoriedad. Me mudé del monoambiente a un departamento más grande en Congreso, iba a las fiestas de la farándula y de a poco fui dejando las obras del Parakultural. Al principio pensábamos en promocionarlas con el subtítulo de "El otro lado de un Susano", pero creo que yo fui el primero en darme cuenta de que a nadie le causaba gracia algo así. El punto de quiebre fue un diálogo que tuve con Merluzo, un compañero que se había iniciado conmigo en el camino actoral:
—Ahora sos parte del establishment —me dijo.
Yo me enojé con él, le reproché su envidia, pero sabía que tenía razón. Me resultó fácil abandonar el under. Un día no fui más y todo eso terminó. No tenía nada más que hacer ahí. Las cosas empezaron a encontrar su lugar. Conseguí una pareja estable y renové contrato por un año más. Todos los años volaba algún Susano pero yo me mantuve tres gracias a que nunca me importó figurar. El laburo era eso: bailar un poco, sonreír mucho y nada más. Susana no se metía con nosotros. Apenas nos dedicaba un saludo general cada vez que entraba, pero sus productores eran de lo peor observando y criticando cada uno de nuestros movimientos. Yo les hacía caso, después de todo era un laburo y me daba de comer.
Igual pasó lo que tenía que pasar. Me rajaron al final de la tercera temporada porque argumentaban que querían renovar el plantel. Al principio no me calenté. Pensé que, con semejantes antecedentes, me iba a resultar fácil conseguir un papel secundario en alguna telenovela o en algún otro programa de entretenimientos. Pronto me di cuenta de que estaba equivocado. Haber sido un Susano es un rótulo que te marca por el resto de tu vida. Preparé una obra para el under pero mis ex compañeros me rechazaron con indignación. Entonces llegó la híper y, con los ahorros que me quedaban, me fui del país. Tenía un amigo que trabajaba en Aerolíneas y me consiguió un pasaje muy barato para ir a Medellín. Yo no conocía a nadie allá pero no tenía nada que perder. Después de dos meses de trabajar como lavacopas en un bar tomé contacto con un grupo de teatro que buscaba a alguien con experiencia para representar una obra en una pequeña sala. Les dije que había trabajado mucho en teatro y en televisión y con eso bastó. La obra era muy mala pero yo los ayudé con la reescritura. Sorprendentemente, me pagaban bien. Cuando la obra se estrenó fue un fracaso, pero igual me seguían pagando. Al final tuvimos que levantarla pero dijeron que me querían mantener bajo contrato para que les hiciera algunos trabajos muy específicos. Yo husmeaba algo raro pero igual acepté. Alguien me comentó que el grupo de teatro era la fachada de una célula del cartel de Medellín. Lo mío, en todo caso, se limitaba a mantenerme activo como supuesto productor de obras de teatro inexistentes: reclutaba actores, autores, directores, les pagaba algo y al final lo disolvía todo argumentando problemas en la producción. Una contadora se encargaba de inflar los números así que yo ni de eso me tenía que preocupar. De ese modo viví durante unos cuantos años hasta que decidí volver a mi país. Cuando regresé me postulé nuevamente como Susano pero me dijeron que ya estaba viejo. Con los ahorros de Colombia puse un kiosko cerca de ATC. A veces pasa algún nostálgico y me reconoce. Yo les digo que Susana es bárbara y ellos me compran cigarrillos, golosinas y algún chocolate de más.
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Miércoles, 01 de marzo de 2006
—¿Qué necesitás para el colegio? Decime, que le estoy escribiendo un mail a papá.
—Una goma, un lápiz... eh... una cartuchera...
—¿No te hace falta también un compás?
—Sí. Y una regla, lapicera, un cuaderno...
—Dos cuadernos, mejor. Por las dudas.
Suena el celular
—¿Hola? Sí... doctor, cómo le va... ¿Qué cosa? No, de ninguna manera... ¡Le digo que no! ¡La casa no vale eso!... Sí, lo escucho... No... Mire, yo soy la bisnieta del dueño del primer estudio de abogados en la capital federal, se imagina que mamé esto de chiquita. Algo entiendo y sé que me pueden estafar de muchas maneras... ¿me escucha, doctor?... No quiero que me pasen por encima... Sí, véalo y mañana me llama de vuelta... Hasta luego, gracias.
—¿Qué pasa, mamá?
—La verdad que tu padre se podría dejar un poco de joder.
(Escuchado, con absoluta impunidad, en un ciber de Viamonte y Rodríguez Peña)
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Miércoles, 01 de marzo de 2006
Papá es un hombre sabio. Si la tuviera, me gustaría pegar sobre estas líneas la foto en blanco y negro de su DNI. Cuando se muere mi bis, cada vez que se muere, papá nos lleva a Mariana y a mí al jardín. Nos lleva una y otra vez. Ahora es otoño, empieza el frío y la mancha de humedad en la pared de mi dormitorio no deja de crecer. Mariana tiene el pelo atado en trenzas. A esa edad, a la distancia, pienso que yo todavía ni siquiera sé quién soy.
Entonces papá nos explica, nos dice lo que pasó. Nosotros nos miramos y cambiamos de tema, porque sabemos que el asunto lo incomoda. Pero él insiste, nos cuenta otra vez. Así, de a poco, lo vamos entendiendo.
—¿La bis está en el cielo, ahora? —pregunta Mariana.
—No —responde él.
Nosotros nos volvemos a mirar.
—¿Dónde está, entonces? —pregunto.
—En ninguna parte —nos responde él
En un primer instante queremos preguntarle más. Pero antes de que nos salgan las palabras, pensando otra vez en las de él, nos damos cuenta de que no hay nada que agregar.
Después pasan muchas cosas. Cuando termino el colegio entro a estudiar Filosofía. Hago cuatro años de la carrera. Me divierto y sufro, todo a la vez. Entre otros, me gustan Parménides, Nietzsche, Heidegger. A todos los veo como un objeto estético unas veces y otras veces como a un hermano mayor. Creo que por eso abandono la carrera. No me parece serio tomármela así.
Después pasan muchas otras cosas. Con el tiempo me doy cuenta de que entre la realidad y lo que uno sueña —también con las pesadillas— no hay una diferencia sustancial. Todo más o menos va encontrando su lugar. Y si no lo encuentra hasta ahora, creo que de cualquier forma no se va a desplazar demasiado de ahí. Como nosotros del jardín. Yo pienso que las personas sabias son las que pueden llevar a cabo ese prodigio: explicarte qué es la nada, como hizo papá, y transmitírtela.
La pucha que me la explicó.
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Viernes, 24 de febrero de 2006
En los últimos días este blog ha permanecido inaccesible gracias a la amable colaboración del equipo de Bitacoras.com (o quien corresponda). De hecho, eventualmente, es posible que vuelva a estar off line. Aparentemente el servicio se está restableciendo. De no ser así, la semana que viene nos encontrarán en otro servidor.
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Lunes, 20 de febrero de 2006
Los fundadores fueron Ailén y Balthazar, persuadidos de que había en ellos algo más que el azar común de la profesión desempeñada por sus madres, algunas de las cuales todavía adornaban las tapas de las revistas de chimentos y actualidad. Se trataba, tal como consignaba el acta de fundación, de “alentar un espacio común de reflexión y diálogo acerca de nuestra idiosincracia compartida, nuestros valores y la historia que nos une más allá de las individualidades”. En poco tiempo se presentaron numerosos postulantes, que eran elegidos tras un arduo proceso de selección. De todos ellos sólo cuatro fueron aceptados como socios entre tantos impostores de diversa calaña, pero al cabo de un año ya serían muchos más. Algunos habían heredado las fortunas de sus familias, otros se hallaban en bancarrota, pero en ese aspecto no existía la discriminación. Creció entre los socios la certeza de que formaban una comunidad espiritual. Y todos, sin excepciones, lo adoraban a Balthazar.

Habituado a la exposición mediática desde la más temprana infancia, Balthazar decidió apartarse del mundo cuando alcanzó la mayoría de edad. Algunos lo llamaban misántropo, otros lo consideraban un excéntrico inflamado de soberbia, lo cierto es que el retiro de Balthazar en una solitaria mansión de Mónaco, absolutamente aislado del mundo exterior, duró dos años y medio al cabo de los cuales regresó a su país persuadido de que había llegado el momento de abandonar el ascetismo y de pasar a la acción. Se puso en contacto con Ailén, la hija de una íntima amiga y compañera de trabajo de su madre, y de sus largas jornadas de drogas, sexo grupal con otros amigos de la infancia y ski acuático, entre otras diversas actividades, surgió la idea que pronto determinaría el futuro de una generación. El encargado de formularla fue Balthazar. Hay algo más entre nosotros, dijo. Algo más que el sexo y las drogas y las fiestas. Algo más que la pasión por el diseño de indumentaria y la segregación que sufrimos dentro de nuestro propio país, el lugar que eligieron nuestros padres y nuestras madres para trabajar y tener éxito y para vivir, eventualmente, además de las ocasionales estadías en Roma, París o la Costa Azul. Hay algo, acordó Ailén, que trasciende a nuestra experiencia individual.
Al cabo de esa misma noche las bases del Club ya estaban redactadas. Sólo se admitirían como miembros a hijos e hijas de modelos o, en su defecto, de otros referentes de la comunidad artística, aunque estos últimos serían sometidos a los más estrictos criterios de selección. La primera sede se instaló en el country Las Palmeritas, aunque muy pronto debió mudarse a una ciudad cerrada a causa de la gran afluencia de socios. La estrella de Balthazar cautivó muy pronto tanto a los miembros de la agrupación como a la opinión pública en general. Poseía un talento excepcional para la comunicación y un cierto aura de misticismo que, unidos a su proverbial apariencia física, lo transformaron en un referente mediático de primera línea. Las radios, los canales de televisión, los periódicos, lo convocaban para opinar acerca de cualquier tema que anduviera dando vueltas. Un partido de centroderecha le ofreció una candidatura a diputado nacional, que Balthazar rechazó: “No creemos en los políticos”, dijo y esa declaración se transformó en una de las consignas del Club.
Las actividades de la institución eran de lo más diversas e incluían desde torneos de voley hasta sesiones intramuros de dos o tres días de duración, durante las cuales Balthazar —con la colaboración siempre solícita de Ailén— exponía ante la audiencia acerca de temas tan disímiles como “Nosotros y el sexo”, “Nosotros y el deporte”, “Nosotros y la conciencia social”... Nada quedaba librado al azar. Balthazar emitía opinión, y esta opinión se transformaba en doctrina, acerca de todas las esferas del comportamiento humano. El Club, según se rumoreaba, se estaba transformando en algo más. Ese “algo más” que los unía estaba encontrando su representación, su voz, entre los seguidores de Balthazar. Algunos lo llamaban secta. Otros hablaban de la fundación de una nueva religión. Sólo el tiempo diría hasta dónde eran capaces de llegar. Sólo el tiempo, cavilaba Balthazar, y la deriva universal.
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Lunes, 20 de febrero de 2006
Parece que el servidor de Bitácoras entró en zozobras en los últimos días, así que si quisieron meterse en el blog el fin de semana es probable que no hayan podido hacerlo. Yo posteo pero no se ve nada. Espero que se solucione pronto. De hecho, si están leyendo este post, es porque ya se solucionó.
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Viernes, 17 de febrero de 2006
Faulkner extrajo, de sus vivencias de la infancia, las impresiones que se transformarían años después en su Yoknapatawpha. Otro tanto hicieron García Márquez en su Macondo y Onetti con Santa María. Roberto Bolaño, chileno errante, transformó el desierto de Sonora en el territorio mítico de Los Detectives Salvajes y de 2666. Más cerca, Fabián Casas es Boedo, Cucurto es de Constitución y Terranova es de Caballito. La infancia, la adolescencia, suelen ser los territorios más fecundos en la vida de un escritor, allí donde uno busca y encuentra inspiración. Lo cual me pone, salvando las enormes distancias, en una situación acaso un poco complicada porque yo crecí en Villa Ballester.

—Eso es en el culo del mundo —comentan mis amigos porteños cada vez que les cuento acerca de mi lugar de origen.
Villa Ballester queda en el partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, a unos veinte kilómetros de la capital. La vía de tren que atraviesa Ballester es la del Mitre, el ramal que llega hasta José León Suárez, dos estaciones más adelante, una localidad famosa por la villa de emergencia La Cárcova y los fusilamientos que relata Rodolfo Walsh en Operación Masacre. Cuando leí el libro, hace doce o trece años, no podía creer que esos episodios hubieran tenido lugar tan cerca de mi casa. Nada relevante, y mucho menos un episodio de violencia de tales características, ocurría en Villa Ballester y sus alrededores. Hoy suceden cosas peores o igual de dramáticas que aquella. Pero en el medio el país cambió y —sobre todo— yo perdí la ingenuidad.
En Ballester hay una comunidad alemana importante y eso también tiene relación con mi historia. Mi familia materna es de ese origen y mi abuelo fue, durante muchos años, presidente de un pequeño club alemán de la zona. A falta de uno, la colectividad tiene dos colegios en Villa Ballester. Desde el jardín de infantes hasta el secundario yo fui alumno de uno de ellos, donde mi vieja aún trabaja como profesora de alemán. En los últimos años, a medida que la sensación de inseguridad iba en aumento, la gente se fue dispersando. Hoy en día es fácil encontrarse con antiguos vecinos de Villa Ballester viviendo en Villa General Belgrano, Córdoba, o en la ciudad de Bariloche. En el fragor de los años noventa otros se mudaron a Olivos o San Isidro, pero ésa es otra historia.
Ballester albergaba, indudablemente, todos los condimentos que hacen a la infancia un lugar atractivo para habitar: una casa embrujada, un club con varias piletas de natación, heladerías, videoclubes y una librería atendida por un viejo que leía a Jauretche y a Jardiel Poncela. Nunca fue una localidad, digamos, pujante, pero tampoco tenía mucho que envidiarle a las localidades vecinas. Sus calles y edificios ostentaban algo de modernidad en el apuro, como si nadie estuviera del todo convencido de en qué dirección quedaba el progreso, pero hacia allá iban de todas formas.
La oscuridad de Ballester no radicaba en sus fantasmas, por todos bien conocidos, sino en el pasado de algunos de sus habitantes llegados a la Argentina hacia fines de la Segunda Guerra Mundial. En muchos casos, si bien no en todos, su descendencia no ha hecho progresos importantes en lo que a ideología se refiere. Ese hombre que atendía el almacén y me regalaba chupetines de vez en cuando, había sido miembro de las SS muchos años atrás. Cada vez que tenía la oportunidad de hacerlo, hablaba acerca de las bondades del régimen nacionalsocialista. Mi vecino de al lado, un ex marino del Graf Spee, salió a decir en uno de los programas de Juan Castro acerca del nazismo en la Argentina que "era mentira lo de los campos de concentración". Pocos días después, su mujer envenenó a mi gato porque se trepaba por las paredes e invadía su jardín. No fueron los únicos: había muchos más. Parecían eternos, como si fueran parte del paisaje. Tipos que, en otro lugar y en otras circunstancias, no hubieran dudado en mandarte a matar.
A pesar de todo estoy en paz con Villa Ballester. Yo no elegí nacer ahí. La primera percepción —todo un descubrimiento, a cierta edad— fue que los lugares tienen movimiento. Las cosas cambian, la gente se muere y otros vienen a ocupar su territorio. Eso que parecía estático en realidad no lo es. La segunda percepción, más definitiva, fue que ese movimiento genera nostalgia, reflexión y algunas resistencias. Pero para entonces yo ya no estaba ahí.
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Jueves, 16 de febrero de 2006
Un joven poeta sostiene la teoría de que Kurt Cobain no sólo no murió, sino que ni siquiera existió tal y como lo conocimos. Tras una ardua investigación en Internet identificó la imagen de Cobain con la de Derek Finnegan, un actor venido a menos que hoy en día se dedicaría a regentear un prostíbulo en un pequeño pueblo al oeste de Texas. Le envió numerosos mails e incluso intentó ponerse en contacto con él telefónicamente, pero sin resultados. El silencio de Finnegan no hizo más que convencerlo de que su hipótesis es acertada.
El joven poeta arguye confusas razones para esta impostura. Por un lado estaría una supuesta necesidad de la administración Bush por desviar la atención de la Guerra del Golfo. Por otro lado, vagamente, argumenta acerca del efecto narcotizante que provocaría el suicidio de un ídolo depresivo y carente de ideales en las jóvenes generaciones. En cualquier caso el complot le resulta claro y evidente. En un blog de Estados Unidos, descubre indicios que le hacen pensar que los verdaderos músicos de Nirvana eran agentes de la Cia reclutados por sus conocimientos —elementales, claro está— de los instrumentos que interpretaban. De ahí el sonido desprolijo y sucio del grunge. Tanto Cobain como el resto de la banda serían tan solo las caras visibles del proyecto, actores contratados que desde el primer momento conocían a la perfección su papel y el final de la historia. Se instalaron en Seattle como podrían haberlo hecho en cualquier otro lugar y así comenzó todo: los hits, las emisiones de Mtv solventadas por el gobierno norteamericano, las declaraciones suicidas de Cobain. Finnegan, un joven actor que había sido sistemáticamente rechazado por las grandes productoras de Hollywood, vivió su momento de gloria. Él interpretaba su papel de estrella de rock pero las groupies, los fans, el éxito, fueron de una pavorosa realidad. Su suicidio estaba planificado en el guión para el lanzamiento del disco Incesticide, pero debió ser postergado a causa de la negativa de Finnegan a abandonar su papel. Por medio de promesas, amenazas y métodos muy poco ortodoxos pero bien conocidos por los agentes de la Cia, fue forzado a simular el suicidio dos años después. Desde entonces, cirugía estética mediante, invirtió parte del dinero cosechado durante aquellos años en un prostíbulo ubicado en su pueblo natal. Es evidente, según el joven poeta, que la Cia lo obligó a firmar documentos que lo comprometen a no revelar jamás su particular experiencia.
Durante su adolescencia el joven poeta fue un fanático fervoroso de Nirvana. Actualmente considera que nadie interpretó mejor que Cobain —o, mejor dicho, Derek Finnegan— la angustia que lo invadía entonces. Pegarse un tiro, el remate final de la historia, se transformó en una obsesión que amenazó con desbordarlo y lo condujo a través de los para él todavía desconocidos laberintos de Rimbaud, Artaud y el romanticismo, que marcaron a fuego su poesía posterior.
Pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora sólo piensa en Finnegan, en Derek Finnegan y en el cielo de Seattle por la tarde, donde las personas pasan como espuma, el pasado huele como los fantasmas y los muertos se suicidan para vivir. Entonces se sienta frente a la máquina y escribe la historia que es también su propia biografía, una trama que acaso no sea real.
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Miércoles, 15 de febrero de 2006

Llegó el momento de decirlo: me empezó a gustar Queen después de la muerte de Freddie Mercury. Antes ni siquiera sabía que existían. Y a Nirvana me los empecé a tomar en serio después del suicidio de Cobain. Yo no era ni siquiera un adolescente y me gustaban los libros de terror. En particular de Lovecraft y Stephen King. De alguna manera, la muerte no sólo legitimó sino que incluso determinó mis preferencias musicales. Nunca me gustaron los Guns, pero si Axl se hubiera pegado un tiro o si se tiraba por una ventana, distinta hubiera sido la cosa. Quizás por este motivo Sepultura me gustó de entrada, y hasta tuve un brevísimo paso por el death metal, que por suerte abandoné pronto. Ahora mis gustos musicales se refinaron un poco, pero sospecho que sigo siendo el mismo de siempre. Y eso tiene un no sé qué de inquietante.
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